Columnas De Opinión

Desaparecidos

Para esta columna me pareció oportuno invitar a Mario Benedetti,para que nos acompañe a pensar con su poema “desaparecidos”.

Están en algún sitio / concertados

desconcertados / sordos

buscándose / buscándonos

bloqueados por los signos y las dudas

contemplando las verjas de las plazas

los timbres de las puertas / las viejas azoteas

ordenando sus sueños sus olvidos

quizá convalecientes de su muerte privada

nadie les ha explicado con certeza

si ya se fueron o si no

si son pancartas o temblores

sobrevivientes o responsos

ven pasar árboles y pájaros

e ignoran a qué sombra pertenecen

cuando empezaron a desaparecer

hace tres cinco siete ceremonias

a desaparecer como sin sangre

como sin rostro y sin motivo

vieron por la ventana de su ausencia

lo que quedaba atrás / ese andamiaje

de abrazos cielo y humo

cuando empezaron a desaparecer

como el oasis en los espejismos

a desaparecer sin últimas palabras

tenían en sus manos los trocitos

de cosas que querían

están en algún sitio / nube o tumba

están en algún sitio / estoy seguro

allá en el sur del alma

es posible que hayan extraviado la brújula

y hoy vaguen preguntando preguntando

dónde carajo queda el buen amor

porque vienen del odio

Cada 20 de mayo vuelve a sangrar una herida abierta que comenzó al otro lado del río diluyendo las fronteras del territorio y del tiempo.

Aquellos cuatro asesinatos del 76 ocurridos en Buenos Aires, bajo la sombra del Plan Cóndor (donde perdieron la vida el senador Zelmar Michelini, el presidente de la Cámara de Diputados Héctor Gutiérrez Ruiz, y los militantes Rosario Barredo y William Whitelaw), sumados a la posterior búsqueda de los desaparecidos, se transformaron desde 1996 en una cita anual ineludible.

Hoy las calles se cubren de silencio y se pintan de ese gris de las noches de mayo y cientos de personas se encuentran en el cemento para no olvidar, el respeto se apodera del viento.

Se genera una atmósfera única, estamos frente a un Uruguay que se detiene y mira su propia historia.

Tres décadas marchando demuestran un compromiso de la sociedad, pero resaltan una deuda democrática inaceptable.

Esto me genera una contradicción dolorosa, primero me conmueve el compromiso por no olvidar, y por otro lado me hace pensar en que se expone la desidia de las instituciones.

El tiempo pasa, los familiares envejecen o se van sin saber. Y la pregunta “¿dónde están?” sigue sin tener respuestas concretas.

Esto es una interpelación directa al Estado, cada año que transcurre sin verdad, es un año que la impunidad le gana a la justicia.

Esta marcha no puede ser de otra forma que no sea en silencio. Los pasos firmes y acompasados, los carteles con los rostros de los ausentes y ese “presente”, que susurrado responde a cada nombre, vuelve aturdidor a este reclamo, y seguirán sumándose nuevos pasos hasta que sepamos dónde están.

Por último quiero reflexionar en que claramente estamos frente a un hecho político que nos une sin distinción política partidaria.

Es un orgullo para nuestra democracia poder juntarnos para exigir verdad y justicia por los que ya no están.

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