Del “soponcio” al “mal de ojo”


Entre el lenguaje popular y la sabiduría heredada, el Río de la Plata construyó un diccionario propio para nombrar dolencias y un repertorio de curas donde conviven la fe, el cuerpo y la memoria colectiva.

Denominaciones de enfermedades, curas y supersticiones del Río de la Plata

En el Río de la Plata, enfermarse nunca fue solo un asunto médico, también es, y sobre todo, una cuestión de lenguaje. No es lo mismo desmayarse que tener un “patatús”, ni sentir estrés que padecer “surmenage”. Cada palabra encierra una escena, un gesto y, muchas veces, una historia compartida que revela una forma de entender el mundo.

NOMBRAR Y CURAR

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Tal vez a muchos los puede asombrar, no sólo la forma de denominar ciertas enfermedades, sino la cura de las mismas, lo que popularmente padecemos, decimos que tenemos esto o aquello y la medicina nombra con su nombre científico, y nos pone nerviosos porque pensamos que estamos enfermos de otra cosas, siendo la dos caras de una misma moneda.

Lo que se diferencia puede ser en “el remedio”, mientras uno soluciona con pastillas o pomadas, la otra con yuyos o cataplasmas.

Para los que vimos durante muchos años curaciones, con métodos caseros, no nos mueve la intención de ofender a la ciencia, a la medicina, ni desdeñar el valor del estudio ni de las recetas de los profesionales. Simplemente queremos reflejar una forma alternativa de curar, y también de mencionar a ciertas enfermedades como popularmente se las denomina. La presencia de muchas personas provenientes de Cuba, Venezuela y República Dominicana, ha sumado otras denominaciones populares a determinadas enfermedades, en los últimos tiempos.

Decir “le dio un yeyo” o “casi me da un síncope” es más que describir un malestar: es teatralizarlo, volverlo cercano, incluso domesticarlo. Porque en estas tierras, los males del cuerpo también se narran, se exageran o se alivian con humor. El “vahído”, el “telele” o el irónico “ataque de caspa” configuran una cartografía emocional donde el idioma traduce aquello que la medicina muchas veces vuelve frío o distante. Nombrar es, en cierto modo, controlar el miedo.

NOMBRES Y TRADICIONES DESDE QUE VINIERON DE EUROPA

Este repertorio lingüístico no surge del azar. Tiene raíces en tradiciones españolas, italianas, francesas y criollas, que fueron sedimentando en la vida cotidiana hasta formar un léxico propio. El “surmenage”, por ejemplo, llegó desde el francés para designar el agotamiento de las élites pensantes de otro tiempo, y hoy sobrevive con una elegancia que el moderno “burnout” difícilmente pueda igualar. El “soponcio”, con su raíz latina, mutó de una punzada física a un desmayo casi teatral, cargado de dramatismo doméstico.

Pero este universo no se agota en las palabras. Hay dolencias que no pertenecen del todo al consultorio, sino a ese territorio difuso donde el cuerpo y el espíritu se entrelazan. El “empacho”, por ejemplo, no es solo una indigestión, es un desorden que se mide con una cinta, se interpreta en silencio y se resuelve con la célebre “tirada de cuerito”. La “culebrilla”, conocida por la medicina como herpes zóster, adquiere un dramatismo ritual: si “se cierra”, advierte la tradición, el desenlace puede ser fatal.

En ese mismo registro aparece el “aire”, esa dolencia invisible que se instala en la nuca o la espalda como una traición del clima, o el “chucho”, ese escalofrío que anuncia fiebre y que pone al cuerpo en estado de alerta. Y, por supuesto, el “mal de ojo”, una de las creencias más persistentes y democráticas del imaginario rioplatense. Allí, el diagnóstico no llega por estudios clínicos, sino por una gota de aceite que se abre en un plato con agua, revelando —según la tradición— la intensidad del daño.

LA FARMACIA CASERA

Las curas, por su parte, conforman una verdadera botica doméstica donde conviven el té de tilo, la carqueja, el boldo y la infusión de mburucuyá con rituales que rozan lo sagrado. Levantar las piernas ante un soponcio, dar agua con azúcar para “levantar” a alguien, aplicar paños calientes para el “aire” o aspirar vapor de eucalipto para el “chucho” son prácticas que sobreviven al paso del tiempo, sostenidas tanto por la experiencia como por el afecto.

ENTRE CURANDERAS, VENCEDURAS Y SIMPATÍAS

Más allá de lo herbal, aparecen las “ligas mayores” de la medicina popular: la vencedura, las simpatías, las manos santas. Allí, el cuerpo deja de ser un organismo aislado y se convierte en un campo de fuerzas donde intervienen rezos, gestos y una fe transmitida de generación en generación. La curandera —figura central en este entramado— no solo sana: escucha, contiene, interpreta. Su saber no está en los libros, sino en la repetición, en la observación y en el vínculo humano.

Medir con la cinta, por ejemplo, es mucho más que una técnica, es un ritual diagnóstico donde el cuerpo del curador también participa. La cinta que “se acorta” o el bostezo que aparece durante la práctica son señales de un intercambio invisible. Del mismo modo, la “tirada del cuerito” —ese chasquido seco sobre la espalda— representa para muchos una frontera entre el malestar y el alivio inmediato. La ciencia podrá ensayar explicaciones neurológicas; la tradición, en cambio, ya tiene su veredicto, “santo remedio”.

Las simpatías, por su parte, operan bajo una lógica simbólica, curar una verruga enterrando un trozo de papa o aliviar un orzuelo con el calor de una llave antigua no responde a un principio químico, sino a una relación de sentido. Es un lenguaje paralelo, donde el cuerpo dialoga con los objetos y la naturaleza.

Hay, en todo este entramado, una dimensión que la ciencia apenas comienza a reconocer: el poder del rito, de la palabra y del cuidado. Lo que algunos llaman efecto placebo, otros lo entienden como una forma de empatía profunda, capaz de aliviar donde la técnica no alcanza. El simple acto de ser escuchado, de sentir que alguien “toma” el mal ajeno, ya implica una forma de sanación.

COSAS QUE DUELEN IGUAL, PERO SUENAN DISTINTO

El lenguaje médico tiende a la precisión y la distancia, estas denominaciones y prácticas recuerdan que la enfermedad también es una experiencia cultural. Que doler duele distinto según cómo se nombre. Y que, a veces, entre el diagnóstico y la cura, lo que realmente sana es el relato compartido, la cercanía y el gesto.

Tal vez por eso, en el Río de la Plata, ante un malestar siempre conviven dos caminos: el del médico y el de la abuela. Y lejos de contradecirse, ambos forman parte de una misma certeza silenciosa, que el cuerpo no solo se cura con ciencia, sino también con memoria, lenguaje y un poco de fe.

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