Pablo Sosa reflexiona sobre el adolescente abatido en Barrio Borro, el uso de armas, la violencia y la responsabilidad familiar.
AGENDA LEGAL: REFLEXIONES SOBRE EL DERECHO
En los últimos días tomó estado público un caso que generó conmoción y reabrió un debate tan sensible como incómodo; un adolescente fue abatido a tiros en el Barrio Borro.
Su familia, con dolor visible, reclamó justicia y apuntó contra la Policía. Y, por supuesto, nadie puede permanecer indiferente ante el dolor de una madre o de un padre que pierde a un hijo. La muerte, especialmente cuando llega de forma violenta, siempre deja una herida difícil de cerrar.
Pero justamente en medio del dolor aparece una pregunta que pocos se animan a formular; ¿Qué adolescente de bien duerme con un revólver en la mesa de luz?
La pregunta es dura. Pero a veces, como decía mi amigo Daniel Silveira, las cosas como son; porque una cosa es comprender el sufrimiento de una familia y otra muy distinta es renunciar a mirar honestamente el contexto; y acá aparece una reflexión todavía más incómoda.
Antes de señalar a la Policía —que, con aciertos o errores, tiene la obligación de proteger al resto de la sociedad— quizás también haya que mirar hacia adentro.
Porque muchas veces se exige responsabilidad al Estado, a los jueces, a la Policía o al sistema, pero poco se habla de la responsabilidad de quienes criaron, educaron o permitieron determinadas conductas.
Y acá vale otra frase de mi amigo: no es lo mismo casualidad que causalidad.
No es casualidad que un adolescente termine vinculado a armas, violencia y códigos criminales, porque muchas tragedias no comienzan con el último disparo, empiezan años antes, empiezan cuando un niño normaliza la violencia, cuando en su casa nadie pone límites, cuando portar un arma deja de parecer una aberración y pasa a ser parte de la rutina, cuando delinquir deja de generar vergüenza.
Quizás esa sea la reflexión más dura de todas, a veces nos enfocamos tanto en el desenlace que olvidamos analizar el proceso que condujo hasta allí y en ese proceso, muchas veces, el primer fracaso no es policial, Es familiar.
Las finales, no se juegan, se ganan, Pero también se pierden mucho antes de que suene el pitazo final, en esta historia, tristemente, la derrota empezó bastante antes del último disparo.
Porque cuando un adolescente cree que dormir armado es normal, probablemente el problema ya llevaba años creciendo, y eso también hay que animarse a decirlo.
Las cosas como son.
Hasta la próxima semana.





