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miércoles, febrero 18, 2026

Del hambre a la gloria: el accidente que inventó la Nutella

Descubre el sorprendente origen de la Nutella, nacida en la Italia de posguerra gracias a Pietro Ferrero y perfeccionada por Michele Ferrero y Francesco Rivella.

Nutella: El dulce error que cambió la historia del chocolate

Pietro Ferrero / Foto: Wikipedia
Pietro Ferrero / Foto: Wikipedia

¿Conoces el origen de la Nutella? Si tu respuesta incluye una cocina brillante, una cucharada furtiva y la promesa de “solo una más”, estás en lo cierto… pero solo en parte. Porque antes de convertirse en la tentación global que hoy habita en millones de despensas, la Nutella fue, literalmente, un acto de supervivencia.

Como la mayoría de los grandes inventos, no nació de un plan maestro perfectamente ejecutado. Surgió del ingenio obligado, del ingenio apretado por la escasez y, sobre todo, de un accidente. Sí, un error térmico. Un verano demasiado caluroso. Una tragedia económica que terminó siendo una epifanía untada en pan.

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Cuando el cacao desapareció de Europa

En 1946, Europa estaba devastada tras la Segunda Guerra Mundial. El cacao, materia prima esencial para el chocolate, prácticamente desapareció del mercado europeo. Lo poco que había era caro y reservado para quienes podían pagarlo. Para la clase trabajadora, el chocolate se convirtió en un lujo inalcanzable.

En ese contexto gris, en la pequeña ciudad de Alba, en el Piamonte italiano, un pastelero llamado Pietro Ferrero luchaba por mantener su negocio a flote. No tenía suficiente cacao. No tenía margen de error. Lo que sí tenía era algo que crecía generosamente en los campos cercanos: avellanas.

El Piamonte era —y sigue siendo— tierra de avellanas excepcionales. Pietro decidió hacer lo que todo buen emprendedor hace cuando el mundo se derrumba: mirar a su alrededor. Molió avellanas y las mezcló con la pequeña cantidad de cacao que aún podía conseguir. Así nació el “ghiandujot”, un bloque sólido de pasta dulce que se cortaba con cuchillo y se colocaba sobre el pan.

No era un producto gourmet. No estaba diseñado para el placer refinado. Era una solución económica, un alimento que permitía “estirar” el chocolate. Era ingenio puro.

El verano que lo cambió todo

Y entonces llegó el calor.

Un verano abrasador hizo lo que ningún plan de marketing hubiera imaginado: derritió los bloques almacenados de ghiandujot. Lo que parecía un desastre financiero —imaginemos la escena, toneladas de producto convertidas en una masa blanda— reveló algo inesperado.

La pasta derretida era mucho más fácil de untar. Se deslizaba sobre el pan. Rendía más. Se distribuía mejor. Y, sorpresa, resultaba deliciosa.

Ese accidente térmico transformó un bloque duro de supervivencia en una crema suave y práctica. A veces, el destino necesita un poco de calor para revelarse.

De Supercrema a Nutella

Tras la muerte de Pietro en 1949, su hijo Michele Ferrero tomó las riendas del negocio familiar. Michele tenía una visión clara: aquello podía ser más que un recurso de emergencia. Podía convertirse en un producto para todos.

En 1951 comenzó a venderse una versión cremosa llamada “Supercrema gianduja”, basada en la pasta original de su padre. Era más suave, más práctica, más atractiva. Pero aún faltaba el toque final.

Ese toque llegaría de la mano de un joven químico brillante: Francesco Rivella.

El químico que afinó la fórmula

Francesco Rivella, Químico de la empresa Ferrero

Francesco Rivella nació en Barbaresco, Piamonte, el 8 de agosto de 1927. Recién graduado en química bromatológica en Turín, se incorporó a la empresa Ferrero en 1952, con apenas 25 años. Comenzó trabajando codo a codo con Michele Ferrero, convirtiéndose en su mano derecha en el desarrollo de nuevos productos. Fallece el 14 de febrero de 2025.

Rivella no solo entendía la química de los alimentos; entendía el equilibrio entre tradición e innovación. Junto a Michele, viajó por el mundo probando productos de confitería con una convicción casi científica: todo podía mejorarse.

En 1964, Ferrero le encomendó una misión clara: perfeccionar la Supercrema gianduja para lanzarla a gran escala en Italia y Europa. Rivella trabajó en la textura, en el equilibrio de sabores, en la estabilidad del producto. Y, según se le atribuye, también fue quien ideó el nombre que cambiaría la historia: Nutella.

Un nombre sencillo, con resonancia internacional, que combinaba “nut” (avellana en inglés) con el sufijo italiano “-ella”. Así nació oficialmente, en 1964, la Nutella.

De producto humilde a imperio global

Lo que comenzó como una respuesta a la escasez se convirtió en un fenómeno mundial. Hoy, la empresa fundada por Pietro Ferrero es Ferrero SpA, un gigante que vende en más de 160 países.

Además de Nutella, la compañía desarrolló productos icónicos como Ferrero Rocher, Kinder Chocolate y Tic Tac. Rivella también participó en el desarrollo de varias de estas líneas, consolidando a Ferrero como una multinacional del dulce.

El éxito no fue casualidad. Fue el resultado de una combinación precisa: necesidad histórica, materia prima local, intuición empresarial y rigor científico.

Una historia de hambre, ingenio y visión

Es fácil romantizar el origen de la Nutella. Pero conviene recordar que no nació del capricho, sino del hambre. No surgió para satisfacer antojos sofisticados, sino para ofrecer una alternativa accesible en tiempos difíciles.

Europa tenía hambre. No podía pagar chocolate puro. Y un pastelero en apuros decidió que las avellanas podían salvar su negocio. Luego, un verano demasiado cálido convirtió un problema en oportunidad. Y finalmente, un químico perfeccionó la fórmula para que el mundo entero pudiera disfrutarla.

Francesco Rivella falleció el 14 de febrero de 2025, a los 97 años, en Alba, la misma tierra donde esta historia comenzó a tomar forma. Hasta el final de su vida fue reconocido como una figura clave en la expansión internacional de Ferrero, miembro de la Orden de Químicos y ejemplo de cómo la ciencia puede potenciar la tradición.

La próxima vez que untes Nutella en una tostada —con moderación, claro— quizá recuerdes que ese gesto cotidiano es el resultado de una Europa devastada, de campos de avellanas en el Piamonte y de un accidente que nadie planeó.

Porque a veces, los grandes imperios no nacen del lujo.

Nacen del ingenio. Y, si el verano ayuda, también del calor.

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