Columnas De Opinión
Dr. Ignacio Supparo
Dr. Ignacio Supparo
Ignacio Supparo Teixeira nace en Salto, URUGUAY, en 1979. Se graduó en la carrera de Ciencias Sociales y Derecho (abogado) en el año 2005 en la Universidad de la República. Sus experiencias personales y profesionales han influido profundamente en su obra, y esto se refleja en el análisis crítico de las cuestiones diarias, con un enfoque particular en el Estado y en el sistema político en general, como forma de tener una mejor sociedad.

¡DEJEN A LOS NIÑOS EN PAZ!



Si los niños supieran lo que quieren ser a los 8 años de edad, el mundo estaría lleno de vaqueros y princesas. Yo quería ser un pirata. Gracias a Dios nadie me tomo en serio y programo una operación para sacarme un ojo y cortarme una pierna”

Bill Maher

Dejen a los niños crecer y madurar antes de decidir lo irreversible.

Días atrás tomo estado publico el caso de una “niña trans” de seis años luego de que su madre denunciara que el Club BPS no permitió que el menor ingresara al vestuario femenino.

Ante este hecho, lo primero que se me viene a la mente es que al baño se va a cumplir una función biológica, no social ni performática. Ergo, si tus cromosomas son XY, vas al baño de hombres; si tus cromosomas son XX, vas al baño de mujeres. Fin de la discusión.

En un país normal, que cuida y protege a los niños de cualquier ideología sexista, la declaración de la madre debería ser suficiente para que intervenga inmediatamente el sistema de protección de la infancia. El daño a esa inocente mente que le está ocasionando es colosal. Le está destruyendo su vida para siempre.

Fuero de esto, me hago la siguiente pregunta: ¿puede un niño de seis años comprender realmente lo que significa redefinir su identidad sexual?

Un niño no puede votar ni comprar alcohol. Tampoco puede manejar, tatuarse o firmar contratos. Muchas veces ni siquiera sabe multiplicar correctamente o cruzar una calle solo.

Y sin embargo, esos mismos niños —que están en plena etapa de inmadurez emocional, psicológica y neurológica— son protegidos por la sociedad impidiéndoles tomar determinadas decisiones precisamente porque entendemos algo básico: todavía no poseen la capacidad necesaria para comprender plenamente las consecuencias de sus actos.

Por eso resulta absurdo que una sociedad que considera a un menor incapaz de decidir sobre cuestiones mucho menos trascendentes pretenda ahora convencernos de que sí está preparado para tomar decisiones irreversibles sobre su sexo, su fertilidad, su cuerpo y su identidad futura.

Esto es, lisa y sencillamente, una locura cultural.

La periodista estadounidense Abigail Shrier, en su libro “Un daño irreversible”, advirtió sobre un fenómeno particularmente inquietante: el crecimiento explosivo de adolescentes —especialmente mujeres jóvenes— que comenzaron a identificarse como trans en contextos de ansiedad, fragilidad emocional y fuerte influencia social y digital.

Shrier sostiene que, en muchos casos, no estamos frente a una disforia profundamente arraigada desde la infancia, sino frente a un fenómeno de contagio social amplificado por redes sociales, influencers y comunidades online donde la transición es presentada como una solución inmediata al sufrimiento adolescente o incluso como una identidad “cool”, rebelde y validada socialmente.

Como ocurrió en otras épocas con determinadas modas culturales, hoy existe una presión enorme sobre adolescentes vulnerables que buscan pertenencia, identidad y sentido. La cuestión acá es los daños mentales y físicos irreversibles que esto genera al niño o adolescente.

Y cuando una adolescente deprimida, angustiada o confundida pasa horas consumiendo contenido que le dice que quizás nació “en el cuerpo equivocado”, la pregunta que debemos hacernos es brutalmente simple:

¿Estamos ayudando a esos jóvenes… o estamos empujándolos hacia una narrativa que puede marcarles la vida para siempre y dejarlos mucho peor?

Una de las voces más firmes en el mundo hispano sobre este tema ha sido la jurista española María Calvo. Calvo advierte que estamos criando generaciones profundamente confundidas porque muchos adultos han renunciado al deber básico de proteger y orientar, para etiquetar y prejuzgar. Y en ese sentido ha sido contundente al señalar que una sociedad que empuja prematuramente a menores a cuestionar su realidad biológica y su naturaleza humana termina debilitando emocionalmente a quienes más necesitan estabilidad.

Hoy existen numerosos testimonios públicos de jóvenes detransicionistas que denuncian el infierno que vivieron tras haber iniciado procesos de transición siendo menores, confundidos y emocionalmente vulnerables. Muchos relatan que atravesaban ansiedad, depresión, confusión, rechazo hacia sus cuerpos o problemas de autoestima, y que en lugar de recibir contención psicológica profunda encontraron adultos, influencers y comunidades online que validaron inmediatamente la idea de que habían nacido “en el cuerpo equivocado”. Hoy intentan reconstruir sus vidas mientras conviven con secuelas físicas irreversibles y tratamientos permanentes. Y lo más doloroso de sus testimonios es escuchar cómo muchos sienten que, cuando más necesitaban protección, los adultos a su alrededor confundieron acompañar con empujar.

Cuando adultos deciden someter a menores a bloqueadores hormonales, hormonización cruzada, mutilación de órganos sanos y procedimientos irreversibles, aun sabiendo que esos niños no tienen madurez psicológica plena para comprender las consecuencias… ¿acaso eso no es abuso infantil?

Estamos hablando de menores incapaces de consentir legalmente decisiones mucho menos trascendentes. Entonces, ¿cómo puede una sociedad considerar incapaz a un adolescente para hacerse un tatuaje, pero considerarlo suficientemente maduro para iniciar tratamientos médicos que pueden dejar infertilidad, dependencia hormonal de por vida, canceres y otras secuelas físicas irreversibles que ni siquiera hoy tenemos conocimiento?

Cuando analizo todo esto es cuando me pregunto: ¿Qué le estamos haciendo a nuestros hijos? ¿En qué locura hemos caído?

¿Qué mal nos ha invadido para hacer intervenciones medicas sobre nuestros niños que pueden afectar fertilidad, densidad ósea, desarrollo sexual, salud cardiovascular y estabilidad psicológica? ¿En qué nos hemos convertido?

Los padres debemos proteger a nuestros hijos mientras están creciendo y no acelerarlos hacia decisiones permanentes que no comprenden.

Los padres, docentes y adultos en general debemos escuchar a nuestros niños, acompañarlos y contenerlos, no empujarlos a la destrucción de un camino irreversible.

Dejen a los niños en paz, y no carguen sobre sus inocentes mentes los conflictos, angustias e ideologías propias del mundo adulto.

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