El Espacio de la Junta de Salto

CUIDAR A QUIENES CUIDAN: LAS TÍAS DE ALDEAS INFANTILES S.O.S

Columnas De Opinión

La reducción de la jornada laboral reabre el debate sobre Madres y Tías S.O.S. y la necesidad de revisar excepciones para cuidar a quienes cuidan.

Dr. Enzo Molina

Edil Dr. Enzo Molina

Presidente de la Junta Departamental de Salto
Periodo 2025-2026
Bancada CORE
Partido Nacional

Mientras en Uruguay se debate la reducción de la jornada laboral como una forma de mejorar la calidad de vida de los trabajadores, existe una realidad silenciosa que merece ocupar un lugar en esa conversación: la de las Madres y Tías de Aldeas Infantiles S.O.S.

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Nuestro país fue pionero al consagrar la jornada de ocho horas mediante la Ley N.º 5.350 de 1915, una conquista que décadas más tarde encontró respaldo constitucional en el artículo 54 de nuestra Carta Magna. Ese principio nació para proteger la salud, la dignidad y la vida familiar de quienes trabajan.

Sin embargo, el ordenamiento jurídico mantiene una excepción para las Madres y Tías S.O.S. El Decreto N.º 611/980, posteriormente complementado por el Decreto N.º 3/996, las excluye del régimen ordinario de limitación de la jornada de trabajo debido a las características particulares de la función que desempeñan.

No escribo estas líneas para cuestionar la enorme tarea que realiza Aldeas Infantiles S.O.S. ni el valor de un sistema que ha brindado contención a cientos de niños. Todo lo contrario. Precisamente porque se trata de una misión tan noble, merece ser pensada con la mayor sensibilidad.

Como abogado, he tenido la oportunidad de conocer de cerca esta realidad. He visto mujeres que entregan mucho más que tiempo. Entregan paciencia, afecto, escucha, abrazos y estabilidad emocional a niños que, muchas veces, han conocido antes el abandono que la protección. Para muchos de ellos, una Tía S.O.S. deja de ser simplemente una trabajadora: se transforma en un refugio, en una presencia constante, en un vínculo seguro dentro de una vida marcada por la incertidumbre.

Pero también he visto el desgaste.

Nadie puede sostener durante largos períodos una carga emocional y horaria tan intensa sin consecuencias. El agotamiento aparece, la vocación comienza a convivir con el cansancio y, muchas veces, la única salida termina siendo la renuncia.

Y cuando una Tía S.O.S. se marcha, no solo se pierde una trabajadora experimentada. Un niño vuelve a sufrir una despedida. Vuelve a romperse un vínculo que había comenzado a sanar heridas profundas. Para quienes crecieron entre ausencias, cada partida deja una marca difícil de explicar con palabras.

Por eso creo que debemos abrir una reflexión serena y responsable.

¿No será tiempo de estudiar modelos que permitan organizar turnos, fortalecer los equipos de trabajo y proteger simultáneamente a quienes cuidan y a quienes necesitan ser cuidados? Garantizar jornadas más equilibradas no implica desnaturalizar la función; puede significar exactamente lo contrario: hacerla sostenible en el tiempo y preservar la continuidad de esos vínculos tan necesarios para el interés superior del niño.

Las mejores políticas de infancia no son únicamente las que construyen hogares. Son también las que construyen permanencia, estabilidad y confianza. Y eso exige cuidar a las personas que todos los días sostienen esos hogares con su trabajo y su humanidad.

En momentos en que el país discute el futuro de la jornada laboral, tal vez también debamos mirar aquellas excepciones históricas que merecen ser revisadas a la luz de la experiencia acumulada y de los desafíos del presente. Porque proteger los derechos laborales de quienes cuidan nunca será incompatible con proteger el interés superior de nuestros niños. Al contrario: ambas cosas caminan de la mano.

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