Uruguayos donde quieran que van

Regentear un boliche en un pueblo perdido, en un país lejano, a pocas horas del mundial de fútbol, es cosa de uruguayos. No precisa pasar por Nebraska para conocerlo, entre y lea por aquí, y así se entera de Mosquera…

Cuatro hombres y un destino, un verdadero desatino

En las llanuras infinitas de Nebraska, donde el horizonte es una línea aburrida que divide la tierra seca del cielo gris, se alzaba «El Refugio del Olvido», una taberna que olía a madera vieja, cerveza barata, whisky casero y, últimamente, a una persistente nostalgia rioplatense.

Detrás de la barra estaba Wilson «El Guacho» Mosquera, un uruguayo que terminó allí tras huir del fondo del litoral, debiendo tres días de apuestas en la taba y un desamor que le dejó el corazón más vacío que su cuenta bancaria.

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A su lado, su primo Charles «El Ñato» Molina, recién llegado, con una valija llena de ilusiones y una radio portátil para sintonizar religiosamente la previa del Mundial, aunque la señal llegara como un susurro fantasmal, por las pilas descargadas o por las altas cumbres.

La taberna aunque quedaba en un pueblo perdido donde el viento parecía barrer hasta los pensamientos. El cartel de neón funcionaba solo cuando llovía y, como en esa parte de Estados Unidos casi nunca llovía, el local parecía permanentemente clausurado.

Mosquera, de cuarenta y pico largos, bigote triste y camiseta de Peñarol desteñida por el detergente barato, había llegado a Norteamérica pensando en hacer fortuna rápido, fama y confort, por consiguiente, pero como dijo Gardel, contra el destino nadie la talla, se subió a un tren sin saber para donde iba y derivó en Golden Bird, pueblo que no aparecía ni con GPS, pero el llegó y se quedó.

Su primo Charles para no ser menos sacó una camiseta de Nacional, una reliquia de años, según él, con el nombre del Chino Recoba en el dorso. Pero no pelearon, ni discutieron como cuando vivían en Uruguay, los dos se envolvieron en una bandera uruguaya y se sacaron varias selfie para mandar a los familiares.

—Yo vine a laburar… pero también a ver el Mundial, primo.

—Primero se sobrevive —dijo Wilson secando un vaso con un repasador sospechosamente húmedo—. Después se sueña.

El Ñato miró la taberna vacía.

—¿Y acá sobreviven?

—A veces.

– Que es un bitec, ese que sale un dólar?

– En el Uruguay le decimos chuleta…¿tenemos alguna chance?

– De?

– Ganar el mundial, obvio…

– Eso ni se pregunta, sino no me hubiera venido, me extraña araña…

– Mirá que el año pasado anduvieron por acá y se llevaron un baile bárbaro..

– Eran amistosos, ahora cuando las papas quemen vas a ver..

– Dios te oiga.

La puerta se abrió, dejando entrar una ráfaga de viento y a dos figuras desaliñadas, una con aire de habérselo creído demasiado, y la otra con una mirada que buscaba micrófonos en las aceitunas.

Uno era alto, rubio envejecido y con sobretodo gris. El otro petiso, calvo y con una mirada tan desconfiada que parecía sospechar hasta de las servilletas.

—Vodka —dijo el rubio.

—No vendemos —contestó Wilson.

—Entonces whisky.- Pidió el otro.

— No nos queda, encargamos pero todavía no llegó el pedido.

—¿Qué venden?

Wilson levantó orgulloso una botella .

—Grappamiel artesanal.

Los hombres se miraron con resignación geopolítica.

El rubio se presentó como Yuri. El petiso como Bob. Más tarde confesarían que sus nombres reales eran imposibles de pronunciar sin lesionarse la garganta. Enseguida entraron en confianza, es que la grappamiel les soltaba la lengua como nada. Hasta legaron a decir que habían trabajado, según ellos, para la CIA y la KGB.

—¿Espías? —preguntó el Ñato fascinado.

—Ex espías —corrigió Bob—. Ahora somos emprendedores arruinados. Y ambos se rieron fuertemente a la vez que levantaban sus vasos y brindaban.

Habían intentado de todo, primero un carrito de hot dogs “con espíritu americano”, un restaurante de huevos revueltos orgánicos y una cadena de ensaladas rusas que fracasó porque, según Yuri, “el pueblo americano le teme a la remolacha”.

—La remolacha genera desconfianza ideológica —afirmó muy serio.

Wilson que había hecho tantas ensaladas rusas en su vida nunca le había puesto remolacha. Los observó unos segundos y preguntó:

—¿Saben hacer fuego?.

Dos días después nació el emprendimiento más improbable del medio oeste: “Asado Freedom & Tortas Fritas”.

—¿Hacemos ensalada rusa? —preguntó Yuri con voz cavernosa.

—La última vez que intentamos hacer una, la CIA y la KGB casi inician una guerra fría por la cantidad de mayonesa —respondió Bob, cabizbajo—.

– Allá los ricos comen asado con ensalada rusa, nosotros con lechuguita nomás.

Wilson le dijo a su primo Charles una mañana. Me tienes que hacer un mandado, sigue el camino que da al bosque de pinos y en la segunda curva a la derecha, casi en las puertas del bosque está el rancho de Betty Sinclair. Es una amiga que hace licor de fresas, sidras de manzana y melocotones en almíbar, échale gasolina a la Fordson y ve a buscar un surtido que ella ya tiene preparado, pero te advierto, no te enamores, porque soy yo el que la visito desde hace un año, cuando trasladan al sargento Max por unos días y las noches se nos hacen mas cortas, comprende?

– Pero yo vi esa película, no es la que el sargento llega de pronto y los encuentra?

– Noo, primo esto es la vida real!!.

– Juraría que la vi.

El local explotó de curiosos. Nadie entendía qué era una torta frita, pero la gente del pueblo hacía fila porque Yuri las anunciaba como:

—Discos tácticos de supervivencia sudamericana.

Bob, por su parte, hacía de parrillero usando lentes oscuros y hablando por walkie-talkies descargados para darle “mística de inteligencia internacional”.

Wilson casi nunca trabajaba. Se sentaba frente a un televisor viejo esperando noticias del Mundial.

—¿No deberías atender? —le preguntaba el Ñato.

—Estoy emocionalmente ocupado. Pero por mas que recorro los canales es puro beisbol, basquet, futbol americano, boxeo y nada de futbol, soccer le dicen acá, que cosa!!.

– Uruguay llega en una semana…

Yuri y Bob cantaban uruguayos campeones y celeste gloriosa malla como le había enseñado El Ñato, descolgando el cielo la estaban aprendiendo, y no le encontraban el tono a la canción de El Fata y de la Planta…

Cada tanto, en medio del servicio, Wilson quedaba mirando la nada.

—¿Otra vez pensando en ella?

—Sí…

—¿La de Paysandú?

—No pronuncies ese departamento en este local.

Las cosas se complicaron cuando apareció un cobrador uruguayo en Golden Bird. Un tipo enorme llamado el Bicho Pereda, campeón honorario de taba clandestina en el litoral, para más dato, siempre caían de suerte sus tiros, rara vez de pancho, y una sola vez de hueso.

—Wilson… la deuda no prescribe aunque uno cruce fronteras.

Wilson casi se desmaya dentro de una bolsa de carbón.

Para salvarlo, Bob y Yuri improvisaron un operativo absurdo. Apagaron las luces, pusieron música de suspenso y fingieron que la taberna era una célula internacional protegida por servicios secretos.

El Bicho no creyó nada… hasta que Yuri sacó una papa y habló por ella como si fuera un micrófono satelital.

—Moscú autorizado. Objetivo neutralizable.

El Bicho decidió retirarse lentamente.

Aquella noche, entre humo de asado, varias botellas de grappamiel, y grasa de torta frita, llegó la gran confesión.

—Debemos decir verdad —dijo Yuri.

—Nunca fuimos espías reales —agregó Bob.

Wilson levantó la vista.

—¿Cómo que no?

—Trabajábamos en películas.

—¿Películas de espionaje?

—Sí. Éramos extras.

Resultó que Bob había aparecido tres segundos en una película de acción de los años noventa como “Agente que cae de una escalera”. Yuri, en cambio, había interpretado cinco veces consecutivas a “Soviético sospechoso número uno”.

—Nos despidieron por sobreactuar —dijo Yuri con dignidad herida.

El Ñato quedó decepcionado.

—O sea que nunca mataron a nadie.

—Una vez Bob atropelló un productor con carrito de catering —aclaró Yuri.

—Fue accidente patriótico.

Una vez, la policía local apareció pensando que estaban traficando secretos de estado, cuando probaron las tortas fritas se limpiaron la fuente. Uno de los oficiales preguntó para que era el agujero del medio..

. Otra vez, el asado se les quemó porque Yuri y Bob se pusieron a discutir, lo bien que sabría con chimichurri la carne de oso ruso y la del búfalo americano. Bob juraba que al chimichurri uruguayo le faltaba un toque de mostaza y salsa de tomate americano, Yuri aseguraba que un toque de vodka seria el néctar de los dioses para el chimi uruguayo…

– Oye primo, y si cargas la Fordson, cierras la taberna y nos vamos los cuatro a esperar la llegada de Uruguay, vemos el primer partido y nos volvemos?

– Yo tengo unos rublos que todavía no cambié, dijo Yuri.

– Y yo tengo diez de los grandes en un banco de Texas, agregó Bob, pasamos por ahí y los levantamos…

– Vos estás seguro primo que vamos a salir campeones?

– Claro que si primo, y si no salimos, te trabajo gratis hasta fin de año…

– Trato hecho.

– Nunca desecho.

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