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lunes, febrero 9, 2026

Cuando por ahí va la cosa

Siempre hacemos galas de nuestros principios, para todos en la vida, brújula y camino de nuestra vida. Pero un día nos ponemos a pensar que al igual que los principios, son importantes los finales, por ahí va la hota hoy…

Todos hablan de principios, yo prefiero hablar de finales

Yo siempre fui un hombre de principios. De muchos principios. Principios morales, laborales, vecinales, amatorios, de amistad, de política y hasta de sobremesa. Principios para los días de sol y principios para cuando llueve y no hay paraguas. Me considero un hombre de buenos principios, respetado y respetable, de esos que cuando entran a un lugar no hacen ruido, pero tampoco piden permiso.

Cada vez que tengo oportunidad, y a veces cuando no la tengo, hablo de mis principios. Me gusta hablar de ellos porque quedan bien, suenan bien y, sobre todo, no se contradicen solos… al menos mientras uno los nombra.

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Con el tiempo, sin embargo, me agarró una sospecha. De esas que no hacen ruido pero se sientan al lado tuyo y te miran fijo. Y es que hablar de los principios es fácil. Muy fácil. Casi un deporte nacional. Lo difícil, lo verdaderamente complicado, es hablar de los finales. Porque de los finales no habla nadie. Nadie se presenta diciendo: “Mucho gusto, soy fulano, especialista en finales”. Nadie presume de sus finales como presume de sus principios.

Y será porque los finales llegan cuando ya no hay maquillaje, cuando se apaga la música y quedan las luces blancas prendidas.

FINALES ERAN LAS DE ANTES

Un principio se sostiene. Un final se enfrenta. Un principio se declama. Un final se camina. Y las de vueltas olímpicas que di con mi pensamientos de principio a fin, ni te cuento….

Y un final puede ser cualquier cosa: puede ser digno, puede ser triste, puede ser prolijo o desprolijo, puede ser silencioso o hacer ruido como puerta vieja. Puede caer de maduro, de pesado o de puro cansancio. Puede quedar colgado, como promesa sin cumplir o como cuadro torcido que nadie se anima a enderezar.

Si tengo que decir algo bueno de mí, diría que tengo buen final. Finalizo bien. No siempre empiezo bien, eso también hay que decirlo, pero finalizo con cierta dignidad. Y no hablo de esa otra cosa que suele prestarse a confusión, sino de finalizar, cerrar, ordenar, hacerse cargo.

Porque los principios te acompañan al inicio, pero los finales te retratan entero.

Mi abuelo, que no había leído a ningún filósofo pero entendía la vida como quien entiende el clima, decía: “M’hijo, lo importante no es cómo se arranca, sino cómo se cruza la meta”. Y lo decía sin metáforas, mientras barajaba las cartas o miraba el vaso para ver si todavía quedaba un rastrito de vino.

En el boliche del barrio se escuchaba algo parecido: “Buen arranque tiene cualquiera, el tema es no chocar al llegar”. Y ahí, entre el truco y la ginebra, estaba toda la teoría del final resumida.

Esta obsesión por los principios me recuerda a Oscar Wilde cuando decía que la vida es demasiado importante para tomarla en serio. También a Groucho Marx: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. A veces los principios funcionan como escudos para evitar la reflexión profunda, el aprendizaje y el cambio.

Nietzsche afirmaba que quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo. Tal vez el problema sea que nos quedamos en el porqué y olvidamos el para qué. ¿De qué sirve entender el mundo si no sabemos cómo cerramos nuestras acciones en él?

Esto vale especialmente para la política. Los gobernantes hablan de principios, ideales y promesas, pero rara vez se hacen cargo de los finales, de las consecuencias, de los resultados, de los daños. Churchill decía que el éxito no es definitivo y el fracaso no es fatal; lo que cuenta es la valentía para continuar. Tal vez habría que agregar: la valentía para terminar bien. Porque los gobernantes son como los zapatos: al principio aprietan, al final todos los pies se quejan.

LOS PRINCIPIOS SALEN, PERO A VECES NO LLEGAN

Uno puede arrancar la vida con los mejores principios del mundo, heredados, prestados o copiados. Pero en el camino pasan cosas. Aparecen atajos, tentaciones, cansancios, broncas, silencios largos. Y ahí es donde muchos principios se deshilachan. Se pierden por el medio, se cambian por algo más cómodo o se dejan olvidados como un buzo viejo en el respaldo de una silla.

Y la gente, que no siempre sigue el recorrido completo, se queda con la foto inicial. Dice: “Era un tipo de principios”. Claro. Porque no lo vio cuando hubo que cerrar la puerta sin dar un portazo, cuando hubo que pedir disculpas, o cuando hubo que irse sin hacer ruido.

EL FINAL EN CAMBIO, NO MIENTE

El final es cuando se paga la cuenta, cuando se devuelve lo prestado, cuando se dice la verdad aunque no convenga. El final es cómo uno se va de los lugares, de las personas, de las historias. Ahí se ve si los principios eran de verdad o solo de mostrador.

Por eso digo, y lo digo con convicción de barrio, más importantes que los principios son los finales.

Porque el final es la suma de todo. Es el resumen que no admite edición. Si uno llega a un buen final, es porque algo aprendió en el camino. O porque tuvo buenos principios desde el arranque, o porque empezó mal y tuvo la inteligencia —o el susto— de mejorar. Y eso, al final de todo, vale más que cualquier discurso bien armado.

La gente no te recuerda por lo que prometiste, sino por cómo cerraste. Por si dejaste la mesa ordenada o patas para arriba. Por si te fuiste agradeciendo o pateando la silla.

El final es lo que queda flotando en la memoria ajena, como olor a café recalentado o como esa frase que un abuelo dijo una vez y nunca más se olvidó.

Así que sí, yo sigo hablando de mis principios. Me gustan, los quiero, me acompañaron mucho tiempo. Pero, en el fondo sé que lo único que realmente importa es cómo termino.

DE ESAS PARADOJAS, DE ESOS PRINCIPIOS Y ESOS FINALES…

Y ojo, que los finales no son solo cosa de la vida grande, de esas que se escriben con mayúsculas. Los finales están en lo chiquito también. En el último sorbo de café que ya no tiene gusto a café, en el cierre de un libro que se leyó a medias, en la despedida rápida en la puerta del ascensor. Ahí también se mide la elegancia de un final. Porque cualquiera puede empezar una charla con chispa, pero no todos saben terminarla sin que quede olor a humo.

Los principios son como fuegos artificiales: brillan, hacen ruido, levantan la vista de todos. Los finales, en cambio, son como barrenderos de madrugada, nadie los aplaude, pero si no aparecen, el día siguiente huele mal. Y yo prefiero que me recuerden como buen barrendero antes que como cohete ruidoso.

Además, los finales tienen esa cosa democrática, llegan para todos. No hay excepción, no hay privilegio, no hay atajo. El final es la única cita que nunca se posterga. Y ahí, cuando toca, no hay discurso que valga. Se ve quién supo ordenar sus principios y quién los dejó tirados como medias en el living.

Yo aprendí que un buen final es como un buen chiste, no necesita explicación. Se entiende solo, se disfruta, y deja una sonrisa aunque la vida siga seria. Y también aprendí que un mal final es como un mal corte de pelo: por más que intentes disimularlo, se nota de lejos.

Por eso, cuando me preguntan por mis principios, yo respondo con gusto. Pero cuando me preguntan por mis finales, ahí me pongo serio. Porque los finales son la radiografía de lo que uno fue. Y si me toca elegir, prefiero que digan de mí: “Era un tipo que sabía terminar bien”. Aunque haya empezado torcido, aunque haya arrancado tarde, aunque haya tropezado mil veces.

Ahora sí, cerramos el boliche y apagamos la luz.

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