Lo ocurrido en plaza Independencia con la juntada de therians tuvo un desenlace con incidentes y presencia policial. Pero más allá de ese episodio puntual, lo que verdaderamente llama la atención es la magnitud de la repercusión mediática que generó.
Un encuentro juvenil, convocado por redes sociales, se transformó en noticia nacional. Portales digitales, programas de radio, informativos y cuentas virales replicaron imágenes, comentarios y opiniones en cuestión de horas. El fenómeno dejó de ser un evento acotado para convertirse en tendencia. Y ahí es donde surge la pregunta de fondo: ¿estamos frente a hechos relevantes o frente a una lógica que amplifica todo aquello que resulta llamativo?
La cobertura no se limitó a informar. Se multiplicó en análisis, debates, bromas y juicios apresurados. Lo diferente, lo excéntrico o lo difícil de comprender parece tener garantizado un lugar en la agenda. En la era del clic inmediato y la competencia por la atención, lo inusual cotiza alto.
No se trata de negar que haya interés público. Los medios tienen la responsabilidad de registrar lo que ocurre en los espacios públicos. Pero otra cosa es convertir un encuentro de jóvenes —por más singular que parezca— en un fenómeno sobredimensionado, casi como si se tratara de un acontecimiento trascendental.
La lógica digital empuja a la exageración. Las imágenes se repiten, los titulares se vuelven cada vez más impactantes, las opiniones se radicalizan. En ese proceso, la repercusión termina siendo mucho más grande que el hecho en sí. Y el debate público se desplaza hacia lo anecdótico, mientras otros temas de mayor profundidad social, económica o institucional quedan relegados.
Quizás el desafío periodístico actual no sea solamente informar rápido, sino medir el peso real de cada acontecimiento. Preguntarse si la cobertura responde a su relevancia o a su potencial de impacto en redes. Diferenciar entre lo significativo y lo simplemente llamativo.
Porque cuando la repercusión supera ampliamente al hecho, conviene detenerse. No para callar, sino para reflexionar. Sobre la agenda que construimos. Sobre lo que elegimos amplificar. Y sobre la responsabilidad que implica, en tiempos de hiperconectividad, decidir qué merece ocupar el centro de la conversación pública.





