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miércoles, febrero 4, 2026

Cosméticos: la industria que puede anticipar un nuevo modelo de integración económica en América Latina

El mercado cosmético latinoamericano mueve US$55.000 millones al año. Un acuerdo impulsado por ALADI busca eliminar trabas y promover un comercio regional integrado.

ALADI – Acuerdo por mercado cosmetico en América Latina, un mercado que mueve alrededor de 55 mil millones de dólares al año.

Un gigante económico subestimado

El mercado de los cosméticos en América Latina es una de las industrias más dinámicas y menos visibles del comercio regional. Con un volumen anual cercano a los 55.000 millones de dólares, se trata de un sector con peso macroeconómico real, capaz de generar empleo, innovación y valor agregado industrial. Sin embargo, su estructura comercial revela una paradoja: el 61 % de sus exportaciones se dirige a mercados extrarregionales —principalmente Estados Unidos y Europa— mientras solo el 39 % circula dentro de América Latina.

Este desequilibrio expone una debilidad estructural: la región produce, pero no logra integrarse comercialmente consigo misma de manera eficiente.

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Barreras invisibles, costos reales

El principal obstáculo no es la falta de demanda ni de capacidad productiva, sino la fragmentación regulatoria. Cada país mantiene definiciones, permisos, etiquetas y certificaciones distintas para un mismo producto. Un champú o un desodorante puede ser considerado cosmético en un país y producto sanitario en otro, obligando a las empresas a duplicar trámites, estudios y costos.

Estas barreras técnicas al comercio funcionan como un impuesto encubierto: encarecen los precios, alargan los plazos y desalientan a las pequeñas y medianas empresas a exportar dentro de la propia región. El resultado es un mercado regional potencialmente integrado, pero operativamente disgregado.

La apuesta por reglas comunes

En este escenario aparece la iniciativa liderada por la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), que impulsa un acuerdo regional específico para el sector cosmético. El proceso comenzó en 2022 con ocho países y fue incorporando actores clave como Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, consolidando una masa crítica suficiente para modificar la lógica del comercio intrarregional.

El acuerdo parte de un punto básico pero estratégico: definir de forma única qué es un producto cosmético. Bajo este paraguas se incluyen no solo maquillaje y perfumes, sino también artículos de uso cotidiano como desodorantes, cremas de afeitar e hilo dental.

Del control previo al control inteligente

Uno de los cambios más significativos es la eliminación de la autorización sanitaria previa y del certificado de libre venta. En lugar de bloquear el producto antes de ingresar al mercado, el sistema se apoya en un modelo de vigilancia posterior, basado en el análisis de riesgo.

Este enfoque traslada el control desde la burocracia preventiva hacia la supervisión activa en góndola: monitoreo, trazabilidad y canales de denuncia para consumidores. El objetivo no es reducir estándares, sino hacerlos operativos sin paralizar el comercio.

Para las empresas, esto implica reglas más previsibles y costos menores. Para los Estados, un cambio de rol: menos trámite ex ante y más fiscalización efectiva ex post.

Impacto económico más allá del sector

La relevancia del acuerdo no se limita a la industria cosmética. Funciona como experiencia piloto de integración regulatoria: un caso concreto donde varios países armonizan normas sin perder soberanía sanitaria. En términos económicos, esto permite conectar cadenas productivas regionales, estimular inversiones y fortalecer la posición exportadora conjunta hacia mercados externos.

El modelo sugiere una integración por sectores, no por discursos políticos abstractos: primero cosméticos, luego otros rubros industriales con problemas similares (alimentos procesados, productos de higiene, dispositivos médicos de bajo riesgo).

Representantes de Uruguay

Una integración que empieza por lo cotidiano

La imagen es elocuente: antes, un mapa fragmentado en regulaciones incompatibles; después, una región con reglas comunes para circular bienes de consumo masivo. La pregunta de fondo no es técnica, sino estratégica: ¿puede un acuerdo sobre productos tan cotidianos como un desodorante o un champú convertirse en la base de un mercado regional más integrado?

El proceso impulsado por ALADI sugiere que sí. No como una revolución inmediata, sino como una construcción gradual, sector por sector. En ese sentido, la industria cosmética deja de ser solo un negocio de belleza y pasa a convertirse en un laboratorio económico: un ensayo práctico de cómo América Latina podría comerciar consigo misma con menos fricción y más coherencia.

El desafío ya no es si el mercado existe —los 55.000 millones de dólares lo confirman— sino si la región será capaz de organizarlo bajo reglas comunes. Allí, más que perfumes o maquillajes, está en juego un modelo de desarrollo regional.

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