La experiencia profesional muestra distintos perfiles de clientes en la abogacía: ansiosos, ingratos y colaborativos, destacando la importancia de elegir relaciones basadas en respeto y confianza.
En estos años de abogacía me crucé con todo tipo de clientes. Desde los que llaman desesperados cada cinco minutos hasta los que desaparecen justo cuando más los necesitas. Hacer un repaso de ellos no solo es contar anécdotas, sino entender qué clase de gente elegimos bancar y cómo eso nos define también como abogados.
Ahí están los ansiosos, que convierten un simple trámite en una montaña rusa de estrés y llamados constantes. Con ellos aprendí que la paciencia es clave: no alcanza con saber de leyes si no sabés tranquilizar a quien está al borde del ataque de nervios. Más que un abogado, a veces sos psicólogo de guardia.
Después están los ingratos, esos que ni un “gracias” te dejan cuando te rompiste el lomo por defenderlos. No es que busques aplausos, pero claro, la desconsideración cala hondo. Con este tipo aprendés que la dignidad se cuida y que tu esfuerzo no es moneda de cambio para que te valore cualquiera.
También están los que decidís dejar de atender. Los que usan la confianza como excusa para pasarte por arriba y te hacen perder energía que necesitás para otros casos. Saber cuándo decir “hasta acá llegamos” es un mandamiento no escrito que todo abogado termina aprendiendo.
Y claro, no todo es drama: están los buenos clientes, esos que confían, que entienden, que te acompañan en el proceso y hacen que el ejercicio valga la pena. Con ellos se construye una relación basada en respeto y colaboración, y esos son los que uno recuerda con cariño.
Estos buenos clientes no sólo simplifican el trabajo sino que lo enriquecen. Son los que comprenden que la justicia es un camino largo y a veces complicado; entienden los tiempos, las dificultades y los límites del sistema. No te exigen resultados inmediatos ni esperan milagros, sino que acompañan con paciencia y confianza.
Además, estos clientes suelen mostrar agradecimiento genuino, no sólo por la victoria sino también por el esfuerzo, la contención y el acompañamiento en momentos difíciles. Eso crea un círculo virtuoso: el abogado se siente valorado y motivado, y el cliente se siente respaldado, sin sentirse solo en la pelea legal. De estas relaciones surgen enseñanzas mutuas y una experiencia profesional mucho más humana y satisfactoria.
Son éstos, sin dudas, los clientes que uno guarda en la memoria con afecto y respeto.
En resumen, los “mandamientos” que aprendí en la cancha son simples: paciencia con los ansiosos, dignidad con los ingratos, sabiduría para soltar a los que dañan la relación, y gratitud por quienes te eligen y te respetan. Porque ser abogado no es solo conocer la ley, sino también manejar estos vínculos humanos que pueden marcar la diferencia entre un éxito profesional y un desgaste innecesario.
Hasta la próxima semana.




