A cinco años de su fallecimiento, Jorge Larrañaga es recordado por su liderazgo político, su paso por el Ministerio del Interior y su compromiso con la seguridad.

Edil Pablo Williams
Coord. de bancada CORE
Partido Nacional
Se cumplen cinco años de la desaparición física de Jorge Larrañaga, y el país vuelve a mirarlo con la perspectiva que solo da el tiempo. Su figura trasciende a su partido: fue un dirigente que entendió la política como servicio y que asumió la seguridad pública como una responsabilidad moral.
Para quienes lo acompañamos desde la Lista 180, su liderazgo fue desde el inicio una referencia. Cuando en 2015 un pequeño grupo de nacionalistas salteños decidió formar una nueva agrupación, teníamos claro que nuestra identidad se apoyaría en los valores de Wilson Ferreira. Y también teníamos claro que el dirigente que mejor encarnaba ese espíritu era Jorge Larrañaga. Su forma de hacer política cercana, firme y honesta marcó a toda una generación de militantes.
Pero si hay un capítulo que definió su legado, fue su paso por el Ministerio del Interior. Larrañaga asumió con una convicción que pocos han tenido: la seguridad debía volver a ser un derecho cotidiano para todos los uruguayos. No llegó a administrar un problema, llegó a enfrentarlo. Y lo hizo con trabajo, con carácter y con una claridad que transformó la relación entre el Estado, la Policía y la ciudadanía.
Su impronta fue inmediata. Devolvió respaldo, autoestima y dignidad a la Policía Nacional. Caminó comisarías, conversó con funcionarios, escuchó sus necesidades y defendió su labor con la misma fuerza con la que exigía profesionalismo. La Policía sintió que tenía un ministro que no solo pedía resultados, sino que acompañaba. Ese vínculo fue decisivo: la institución respondió con compromiso porque se sintió representada y respetada.
Para la ciudadanía, ese cambio también fue visible. Por primera vez en mucho tiempo, la seguridad dejó de ser un terreno de resignación. Larrañaga instaló la idea de que el país podía y debía vivir mejor, vivir con tranquilidad. Su consigna “Vivir sin miedo” no fue una frase de campaña: fue la expresión de una preocupación genuina por la vida cotidiana de la gente. Y su otra bandera, “Hay orden de no aflojar”, sintetizó su carácter. Nunca se rindió, nunca negoció sus principios, nunca dejó de creer en el país.
Su trayectoria política fue amplia: intendente, senador, líder de una de las corrientes más importantes del Partido Nacional. Pero, más allá de los cargos, fue un hombre del interior, un artiguista convencido, un dirigente que caminó el país como pocos. Su liderazgo se construyó en la cercanía, en la conversación franca, en la capacidad de tender puentes incluso con quienes pensaban distinto.
A cinco años de su desaparición física, su legado sigue vivo. En cada policía que se siente respaldado. En cada familia que valora la tranquilidad como un derecho. En cada militante que aprendió de él a no bajar los brazos. En cada blanco que reconoce en su figura la de un caudillo firme y profundamente comprometido con su gente.
Jorge Larrañaga fue, en el sentido más profundo, un servidor de la patria. Y su huella, esa que dejó con trabajo, con convicción y con un amor inmenso por el Uruguay, sigue marcando el camino.










