Celia Bottaro, la maestra que aprendió a coser para abrigar a otros

Maestra jubilada y referente solidaria, Celia Bottaro transforma retazos en abrigos y gestos de apoyo para quienes más lo necesitan.

Una vida marcada por la gratitud

Hay personas que no necesitan presentarse demasiado. Alcanza con escuchar cómo hablan de los demás para entender de qué están hechas. Celia María Bottaro es una de ellas. Maestra jubilada, formada en educación especial, madre, esposa, vecina solidaria y mujer de una profunda vocación de servicio, aceptó contar su historia casi con pudor, no por falta de cosas para decir, sino por respeto a tantos otros que también ayudan en silencio.

“Siempre digo que estamos de paso en la vida y hay que mirar hacia el costado”, resume Celia, como quien no busca una frase bonita, sino explicar una forma de vivir.

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Su historia empezó marcada por la ausencia y la necesidad. Perdió a su padre cuando tenía apenas seis años. Su madre, viuda en una época en la que para muchas mujeres trabajar fuera del hogar no era sencillo, salió adelante con una pensión y mucho esfuerzo. Celia creció sabiendo que para estudiar y avanzar había que golpear puertas. Algunas se abrían y otras no.

Ese aprendizaje quedó grabado para siempre. Su madre le repetía una enseñanza que se convirtió en brújula: no olvidarse nunca de que, para llegar, hubo personas que tendieron una mano. Desde entonces, Celia entendió que agradecer no era solo decir gracias, sino devolver algo de lo recibido.

La maestra y la inclusión

Celia se recibió joven, con 21 años, y comenzó su camino como docente. Más tarde fue becada a Montevideo para formarse en educación especial, en el Instituto Magisterial Superior. Aquella experiencia marcó su vida profesional y humana. Al volver a Salto, trabajó vinculada a la educación especial y luchó, desde el aula y desde la práctica diaria, por la inclusión.

Para Celia, la inclusión no es una palabra de discurso. Es una manera concreta de mirar al otro. Por eso le cuesta aceptar la indiferencia o la exclusión. Lo dice sin vueltas: “Tengo mucho más empatía con el que incluye que con el que excluye”.

Su primer destino como maestra también la marcó profundamente. En el medio rural conoció de cerca la falta de luz, de agua, de caminos transitables y de servicios básicos. Recuerda viajes larguísimos, saliendo de Salto de madrugada y llegando a destino muchas horas después. Cuando llovía y los caminos se cortaban, todo el pueblo quedaba aislado. Si no había arroz en el almacén, nadie comía arroz. Si no había pan, nadie tenía pan.

Esa convivencia con la necesidad le enseñó a valorar lo esencial: abrir una canilla, prender una luz, tener abrigo, contar con alguien cerca. “La convivencia con el otro te enriquece”, afirma. Y esa idea, lejos de quedar en el recuerdo, fue tomando forma en distintas acciones a lo largo de su vida.

Ayudar con lo que se tiene

Celia ayudó como pudo y cuando pudo. A veces no era con dinero. Daba clases gratis a estudiantes que no podían pagar apoyo en matemática, física o química. Más adelante, cuando llegaron sus hijos, empezó a acercarse a la máquina de coser. No era modista. Aprendió mirando prendas, doblando telas, usando papel de diario para sacar moldes y probando una y otra vez.

Lo que al principio fue una necesidad familiar terminó transformándose en una herramienta solidaria. La costura se volvió terapia, descanso y misión. “Todo me encanta, me apasiona”, cuenta. Con el tiempo, empezó a confeccionar ropa de abrigo para niños y familias del interior del departamento. Aprendió a cortar pantalones, buzos, ponchos, gorros y bufandas. Buscó libros, se informó, practicó y después compartió lo aprendido con otras madres.

Durante un tiempo trabajó junto a rotarios en proyectos sociales en localidades rurales. Recuerda especialmente la confección de conjuntos de polar para niños, con las propias madres participando del proceso. Algunas cosían a máquina, otras a mano. Lo importante no era solo entregar una prenda, sino enseñar, involucrar y generar confianza.

Después siguió sola. Cada invierno compra tela polar, junta retazos, organiza bolsas, corta, cose y vuelve a empezar. Su casa, dice entre risas, parece un taller. Pero detrás de ese desorden de telas hay una convicción muy clara: si tiene salud, voluntad y conocimiento, algo puede hacer por los demás.

Las pruebas familiares

La vida también la puso a prueba en su propia familia. Su esposo sufrió un ACV, estuvo internado y debió atravesar un largo proceso de recuperación. A eso se sumó una creciente que afectó la casa familiar. Mientras ella cuidaba a su esposo, sus hijos se hicieron cargo de la vivienda. Luego vinieron otras dificultades, problemas de salud, pérdidas familiares y momentos económicos complejos.

Pero Celia repite que siempre miraron hacia adelante. “Siempre decía: yo de esta tengo que salir”, recuerda.

De esa etapa salió con una promesa íntima: agradecer ayudando. Y lo hizo junto a su familia. Sus hijos también incorporaron esa forma de vivir. Uno de ellos, ingeniero en sistemas, arregla computadoras de manera gratuita cuando entiende que alguien lo necesita. Su hija también encuentra sus propias formas de compartir. Celia lo ve con emoción: el ejemplo, finalmente, se transmite más por lo que se hace que por lo que se dice.

Abrigos para estudiantes rurales

La acción más reciente la llevó a confeccionar 66 prendas para estudiantes de un hogar estudiantil. La idea nació al mirar las telas disponibles y pensar en jóvenes de la zona rural que dejan sus casas para estudiar. Habló con Desarrollo Social, se comunicó con la dirección del hogar y comenzó a trabajar.

En pocos días hizo gorros, bufandas y ponchos, cada uno pensado con detalles distintos. También preparó mensajes personales, porque para ella una prenda de abrigo no debe llevar solo tela: debe llevar también una señal de compañía.

Quiso que esos jóvenes sintieran que no están solos, que hay adultos que confían en ellos, que valoran su esfuerzo y que desean verlos terminar sus estudios. Cuando regresó a su casa después de la entrega, volvió cansada, pero feliz. “Me siento que cumplí”, dice.

La solidaridad como gesto cotidiano

Celia no cree que la solidaridad sea algo excepcional ni reservado para grandes acciones. Para ella, ser solidario puede ser ayudar a un vecino con un mandado, visitar a alguien internado, acompañar a una persona mayor con un mate, donar una prenda que ya no se usa o dedicar una tarde a cortar bufandas para otros.

“Ser solidario no es solo coser”, explica. “Si ayudás a un vecino en un mandado, ya estás aportando un gesto”.

Por eso aceptó contar su historia: no para mostrarse, sino para multiplicar. Para que alguien mire su ropero, encuentre una campera que ya no usa y piense en quien puede necesitarla. Para que otra persona descubra que no hace falta tener demasiado para ayudar. Para que la palabra solidaridad no quede como una idea lejana, sino como una práctica cotidiana.

Mirar hacia el costado

Celia Bottaro aprendió a coser de grande, pero en realidad venía hilvanando desde niña. Hilvanó gratitud, memoria, educación, familia, dolor, esfuerzo y esperanza. Con todo eso fue armando una vida sencilla y enorme a la vez: una vida dedicada a mirar hacia el costado, donde siempre hay alguien esperando una mano.

Mientras tenga salud, voluntad y ganas, dice, seguirá cosiendo en invierno, seguirá enseñando lo que sabe y seguirá haciendo de cada retazo una oportunidad para abrigar a alguien.

Porque detrás de cada prenda que entrega hay algo más que tela polar. Hay una historia. Hay una filosofía de vida. Hay una mujer que entendió que agradecer también puede ser una forma de servir.

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