Candombe, milonga y tango, el árbol negro del Río de la Plata

La música rioplatense —esa que hoy se vende al mundo como sofisticación urbana o patrimonio universal— tiene raíces negras profundas.

Del tambor africano al bandoneón europeo, la música rioplatense nació mestiza, arrabalera y profundamente afrodescendiente

Cuando el mundo escucha un tango de Carlos Gardel o contempla el Desfile de Llamadas, rara vez piensa que ambos fenómenos nacieron de un mismo latido, el tambor africano.

Esto viene a cuento hoy, porque, como todo quien escribe tiene sus archivos, su anotaciones, y a veces, cuando puedo, me pongo a leer lo que escribí, lo que guardé de otros autores, archivos que en su momento fueron utilizados en notas de prensa, en mis programas radiales sobre el carnaval y en programa de televisión, todos referidos al carnaval, cuando comentábamos en radio o televisión desfiles por calle Uruguay. Eran datos, apuntes sobre el origen del candombe, su paso al carnaval. En otros programas musicales, las milongas de Zitarrosa, las de Dino, tan urbanas y «bluseras», y las risueñas y distendidas de Abel Soria y Julio Gallegos, y «las radiales» de Don Américo Gaudín. El tango de Gardel, de Julio Sosa, de Alberto Castillo, tiene en algún quiebre su parentezco con el tango y la milonga, y de estos queremos compartir hoy.

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LA FAMILIA MUSICAL

La historia musical del Río de la Plata no puede entenderse sin la presencia de las comunidades negras que llegaron esclavizadas a Montevideo y Buenos Aires entre los siglos XVIII XIX y El candombe, la milonga y el tango forman parte de un mismo árbol genealógico donde África dejó su huella más persistente. El tronco fue el candombe. La milonga actuó como puente mestizo. El tango terminó convirtiéndose en el hijo dilecto que conquistó París y luego el planeta.

«El candombe es una expresión cultural, musical y danzaria de matriz afro-uruguaya, declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Se basa en el toque de tres tambores (chico, repique y piano) y representa una mezcla de resistencia, espiritualidad y herencia africana fundamental para la identidad de Uruguay».

ESA VIBRANTE HERENCIA AFRO-URUGUAYA

El sonido de la madera y la lonja resuena con fuerza en las calles uruguayas. El candombe, una de las expresiones culturales más profundas de la región, se consolida como el latido identitario de una comunidad que transformó el dolor de la esclavitud en un símbolo de resistencia y celebración. Reconocido como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, este fenómeno cultural trasciende las fronteras del carnaval para vivirse durante todo el año.

SU ORIGEN

El origen del candombe se remonta a la época colonial en el Río de la Plata. La palabra, proveniente de las lenguas bantúes, se utilizaba en el siglo XIX para describir las festividades de los africanos esclavizados, principalmente de la región de Congo y Angola. Lo que comenzó como un refugio de espiritualidad y memoria se convirtió, con el paso de las décadas, en una herencia viva fundamental para la identidad nacional de Uruguay.

El candombe se enraizó en los barrios afrodescendientes de Montevideo, especialmente en zonas como Barrio Sur y Palermo, donde los esclavizados y sus descendientes construyeron espacios de identidad colectiva frente a una sociedad que los marginaba. Allí surgieron las primeras “salas de nación”, ámbitos donde los africanos provenientes de distintas regiones conservaban ritmos, danzas y ceremonias.

Incluso cuando las políticas oficiales intentaron “blanquear” la identidad nacional uruguaya y argentina, el tambor siguió sonando. Debajo de la modernización urbana y de la inmigración europea, persistía una cadencia africana imposible de borrar.

EL LENGUAJE DE LOS TRES TAMBORES

La esencia musical del candombe radica en una conversación rítmica ininterrumpida. El toque se ejecuta a través de un conjunto de tres tamboriles de madera, cada uno con una función e identidad propia:

El Chico: El motor del ritmo, encargado de mantener una base constante y acelerada.

El Repique: El encargado de las improvisaciones y los diálogos rítmicos más complejos.

El Piano: El registro más grave, que otorga el soporte y la profundidad al ensamble.

UNA FIESTA DE PERSONAJES EN LA CALLE

Cuando la comparsa gana la calle, el espectáculo visual complementa la potencia auditiva. El Desfile de Llamadas, celebrado cada verano en los emblemáticos barrios montevideanos de Sur y Palermo, es la máxima expresión de esta tradición. En el asfalto cobran vida los personajes típicos que custodian el legado: la elegancia de la Mama Vieja, la sabiduría hierbera del Gramillero y la destreza del Escobero, quien guía el camino de los tambores abriendo paso a la danza de la comparsa. Hoy, el candombe ya no es solo memoria; es un patrimonio que late vivo en cada rincón del país.

Y si bien, en un viaje sin tiempo al norte distante de nuestro país, el candombe recaló con fuerzas en Salto cuando con el nuevo Siglo lo recibió con los brazos abiertos, y hoy crece en sus propuestas, en lo artistico, en lo musical y en lo sentimental, porque el amor florece cuando suenan sus maderas y su filosofía marca el compáas…

LA MLONGA

La milonga es la hija directa del candombe, la rama mayor de un árbol rítmico que conecta la herencia africana con el alma de los pueblos del Cono Sur. El propio cantautor Alfredo Zitarrosa sintetizó esta genealogía musical: «La milonga es hija del candombe, así como el tango es hijo de la milonga». Su nombre proviene del kimbundu y ki-kongo, lenguas en las cuales originalmente significaba «palabras», «discusión» o «filas de bailarines».

Muchos musicólogos sostienen que la cosa es asík nomás, que la palabra “milonga” proviene de lenguas bantúes africanas y que originalmente significaba “palabra” o “palabrerío”. No deja de ser revelador: la milonga nació cantada, narrativa, hecha para contar historias.

En el siglo XIX, este género comenzó a viajar por el continente. Pasó por el sur de Brasil, absorbió elementos del lundu afrobrasileño y de la habanera cubana, y regresó al Río de la Plata convertido en una música anfibia: rural y urbana, melancólica y festiva, africana y europea al mismo tiempo.

DEL TAMBOR A LA GUITARRA

Si el candombe es el latido original de la herencia afro-uruguaya, la milonga es su descendiente directa, la rama mayor de un árbol musical que define el ADN del Cono Sur. El célebre cantautor Alfredo Zitarrosa inmortalizó esta genealogía al sentenciar que «la milonga es hija del candombe, así como el tango es hijo de la milonga». Con un nombre que viaja hasta las lenguas africanas kimbundu y ki-kongo —donde significaba «palabras» o «filas de bailarines»—, este género mutó de los tambores a las cuerdas, bifurcándose en cuatro identidades marcadas por la geografía, el paisaje y el paisanaje.

LA MILONGA CAMPERA

En la inmensidad rural de Uruguay y Argentina, el ritmo africano se aquietó para adaptarse a la soledad del territorio. La milonga del campo o campera se despojó de la percusión para refugiarse en las cuerdas de la guitarra criolla. De cadencia lenta y compás binario, esta vertiente se convirtió en el canal de expresión del peón rural, transformando el canto en un relato íntimo sobre el desierto pampeano, el rigor del clima y el destino errante del trabajador de la tierra.

LA VERSIÓLN CIUDADANA

Al llegar a los puertos y orillas de Montevideo y Buenos Aires, la milonga recuperó su velocidad y su espíritu colectivo. La milonga de la ciudad (o ciudadana) aceleró el pulso, se volvió vivaz, pícara y eminentemente bailable. Al compás de la guitarra se sumaron el bandoneón, el piano y el contrabajo, sentando las bases rítmicas y el fraseo sincopado que, poco tiempo después, darían nacimiento al tango moderno.

Pero está también la milonga que Dino llamó «El blue de Montevideo», que es lenta, pausada, profunda, llama viva de su realidad cotidiana y muy jugada al opinar y hacernos pensar.

LA MELANCOLÍA DEL SUR Y EL DUELO DEL PAYADOR

Hacia el sur de la provincia de Buenos Aires y las puertas de la Patagonia, el género adoptó una postura solemne bajo el nombre de milonga surera (o sureña). Interpretada casi exclusivamente en tonos menores, su carácter es pausado, reflexivo y profundamente melancólico. Esta variante se consolidó como la herramienta fundamental de los payadores, quienes utilizan su estructura para batirse en duelos de improvisación poética mediante décimas criollas.

LA FRONTERA SIN LÍMITE, EL ORGULLO DE RIO GRANDE DO SUL

Al cruzar la frontera hacia el sur de Brasil, la milonga encontró un nuevo hogar en la región de la campaña riograndense. Allí nació la milonga gaucha, una fusión fronteriza que absorbió matices de la habanera, el lundú y la chamarrita. Con una fuerte carga nativista, las letras en portugués de esta región celebran las lides rurales, la destreza del jinete, el caballo como compañero fiel y la identidad de un territorio donde las fronteras políticas se diluyen ante el peso de la tradición compartida.

EL TANGO EL HEREDERO MESTIZO DEL LAMENTO A MITO MUNDIAL

Si la milonga es la hija mayor del candombe, el tango es el nieto pródigo de esa matriz africana. Nacido formalmente a finales del siglo XIX en las dos orillas del Río de la Plata, este género se consolidó como una de las máximas revoluciones musicales de la historia urbana. Inscrito en 2009 en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, el tango representa la síntesis definitiva de un diálogo cultural forjado entre conventillos, puertos y barriadas populares.

El tango nació en los márgenes. No surgió en los salones aristocráticos sino en los conventillos, los puertos, los prostíbulos y los patios populares de Buenos Aires y Montevideo. Allí convivían inmigrantes italianos y españoles, afrodescendientes, criollos pobres y marineros de todas partes del mundo.

La raíz negra del tango fue durante mucho tiempo ocultada o minimizada. Sin embargo, los primeros tangos tenían un fuerte componente rítmico heredado del candombe y de la milonga. Incluso el propio término “tango” ya era utilizado en el período colonial para nombrar reuniones y bailes de esclavizados africanos.

A fines del siglo XIX apareció el bandoneón alemán, instrumento destinado originalmente a ceremonias religiosas europeas. Al mezclarse con las guitarras españolas, los violines italianos y la cadencia afro, nació un sonido completamente nuevo, melancólico, sensual, urbano y profundamente mestizo.

El tango fue una alquimia cultural. Un hijo ilegítimo del puerto que terminó transformándose en emblema nacional. Cuando llegó a París a comienzos del siglo XX, la élite europea lo convirtió en una moda sofisticada. Recién entonces las clases altas rioplatenses aceptaron aquello que antes despreciaban por considerarlo música de negros, inmigrantes y arrabaleros.

EL CHOQUE CRIOLLO Y EUROPEO

El tango no se explica sin la masiva corriente migratoria que reconfiguró ambas capitales platenses. En su ADN se cruzan el pulso rítmico afro que heredó de la milonga, la nostalgia de la guitarra del gaucho que bajó al suburbio y el torrente de melancolía que aportaron millones de inmigrantes italianos, españoles y de Europa del Este. El tango fue el lenguaje común de los desposeídos: un crisol donde la ópera italiana, las polcas europeas y las habaneras cubanas se fundieron para dar voz al desarraigo, el desamor y la dureza de la nueva vida urbana.

LA GUARDIA VIEJA

En sus primeros años de vida marginal, el tango no sonaba como lo conocemos hoy. Los ensambles de la denominada «Guardia Vieja» se armaban de forma espontánea en los arrabales y burdeles con instrumentos ligeros y fáciles de transportar. La flauta llevaba la melodía con fraseos rápidos y alegres; la guitarra criolla marcaba el pulso rítmico, heredado del rasguido milonguero; y el violín aportaba los primeros trazos dramáticos. Esta combinación inicial le daba al tango primitivo un carácter mucho más vivaz, saltarín y cercano a la danza callejera.

UN DÍA LLEGÓ EL BANDONEÓN Y EL TANGO CAMBIÓ

El cambio radical en la identidad sonora del tango ocurrió con la llegada de un inmigrante inesperado, el bandoneón. Creado originalmente en Alemania para acompañar servicios religiosos en iglesias que no podían costear un órgano, el instrumento de fuelle llegó al Río de la Plata a través de marineros europeos.

Al incorporarse a las agrupaciones típicas, el bandoneón desplazó gradualmente a la flauta por su potencia y su capacidad expresiva. Su particular sonido, que parece respirar y quejarse al mismo tiempo, ralentizó el ritmo del tango, inyectándole esa densidad dramática, ese fraseo melancólico y ese lamento casi humano que terminaron por definir su mística para siempre. El tambor africano, convertido en cuerda por la milonga, encontró en el fuelle alemán su última transmutación existencial

La historia oficial del Río de la Plata tendió durante décadas a construir una identidad predominantemente europea. En ese relato, la presencia afrodescendiente quedó reducida a una nota al pie. Sin embargo, la música conservó lo que muchos discursos intentaron borrar.

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