“Viajan para traer inversiones… lo único que vuelve siempre es la factura.”

Mientras a vos te ajustan, ellos viajan dilapidando tu dinero.
Viajan todos. Juntos. Cómodos.
Políticos de todos los partidos, sindicalistas del PIT-CNT, empresarios “estratégicos”. La foto no deja margen para interpretaciones: están todos del mismo lado del mostrador. El resto —vos— del otro. Negar eso, a esta altura, ya no es ingenuidad: es fanatismo o complicidad.
¿De verdad hacían falta cincuenta políticos para ir a China? ¿No alcanzaban cinco? ¿Y cien empresarios? Ojalá todos se estén pagando sus costos, porque si no, lo que estamos viendo es un escándalo de proporciones obscenas.
Los números son simples. Un pasaje ida y vuelta ronda los siete mil dólares. Solo en pasajes, cincuenta personas implican más de trescientos cincuenta mil dólares. Sumemos hoteles, viáticos, traslados, intérpretes, logística, comitivas paralelas y gastos “operativos”. El total roza tranquilamente el millón de dólares. ¡Un millón!
Un millón mientras a vos te ajustan. Mientras te suben impuestos aplicando índices bajos. Mientras pagas más FONASA sin entender por qué. Mientras te multan sin pudor, mientras la patente sube a pesar de que tu auto envejezca con el único fin de recaudar, mientras no bajan el combustible, mientras te suben todas las tarifas de OSE, UTE, ANTEL por encima de la inflación y mientras todo cuesta cada vez más. A vos te piden sacrificio; ellos se dan un viaje de lujo.
Pero la inmoralidad no está solo en la plata. Está en el gesto. En el mensaje.
La obscenidad es que viajen todos juntos. Que compartan hoteles, agendas, reuniones, paseos y copas. Son todo lo mismo: discuten de día para la foto y brindan de noche, la política es toda una puesta en escena y este viaje, donde van a compartir paseos, noches y copas es la muestra cabal. No son adversarios políticos: son socios. Socios de un mismo negocio que se financia siempre con el mismo recurso: tu trabajo, tu tiempo, tu vida.
El político vive de tu esfuerzo, lo exprime, y después se va a China.
A cualquiera con un mínimo de decencia se le caería la cara de vergüenza sabiendo que hace un viaje así, pagado por el pueblo bajo coacción. Porque si fuera voluntario y al pueblo se le diera la opción, nadie pondría un peso para este viaje. Nadie elegiría financiar este circo antes que darle de comer a su hijo o comprar un medicamento.
Y no nos engañemos más: estos viajes no sirven para nada. Desde hace más de cien años los políticos recorren el mundo prometiendo oportunidades históricas, acuerdos extraordinarios y negocios maravillosos. ¿El resultado? Nada cambia. Si siquiera una parte de todo lo que anuncian se concretara, Uruguay sería la Dubái de América. Pero no lo es. Nunca lo fue. Y no lo será mientras esto sea solo turismo político disfrazado de gestión.
Estos viajes no están pensados para generar riqueza, sino para simular actividad, justificar gastos y reforzar la pertenencia a la casta. Y como siempre, nadie va a rendir cuentas en serio, no a través de un micrófono. Nadie explicará qué se firmó, qué se consiguió ni en qué plazos. Dentro de seis meses el viaje será apenas un recuerdo borroso, pero la cuenta seguirá llegando puntual, todos los meses.
A eso se suma algo todavía más preocupante: el trasfondo geopolítico. China no es solo un socio comercial; es una potencia autoritaria que presiona a los países chicos para alinearlos políticamente. La señal en relación a Taiwán no es un detalle diplomático: es una toma de posición. Y Uruguay, un país pequeño que depende de reglas claras, democracia y seguridad jurídica, no puede darse el lujo de quedar del lado equivocado del mundo.
Apostar acríticamente a China, repetir su narrativa y hacer gestos que incomodan a las democracias occidentales no es pragmatismo, es miopía estratégica. Los países chicos no juegan a la geopolítica con ideología ni romanticismo, juegan con inteligencia. Y esto no lo es.
Los once “acuerdos” anunciados con bombos y platillos confirman exactamente lo que siempre ocurre en este tipo de viajes: mucha firma, mucho comunicado y poco contenido real. No hay tratados comerciales, no hay baja de aranceles, no hay apertura efectiva de mercados ni beneficios concretos y medibles para el ciudadano común.
Después de gastar cerca de un millón de dólares, lo menos que podían traer era algún memorándum de entendimiento. Y trajeron once. Volver solo con fotos hubiera sido demasiado obsceno, incluso para los estándares de la política. Y así fue: lo firmado son memorándums, protocolos y declaraciones de cooperación, es decir, papeles que no obligan a nada sustantivo y que sirven más para la foto que para cambiar la realidad económica del país. Documentos livianos que no crean derechos exigibles ni obligaciones reales, no garantizan inversiones, no abren mercados y no fijan plazos. En la práctica, un memorándum es apenas una declaración de buenas intenciones, perfectamente diseñada para quedar en un cajón sin que pase absolutamente nada. Pero alcanza para el relato. Ahora vendrán las conferencias de prensa, los comunicados oficiales y las declaraciones de éxito, celebrando “avances históricos” y “pasos importantes” que no modifican en lo más mínimo la realidad económica del país.
Y conviene decir la verdad completa: Uruguay no negocia libremente con China. Mientras siga dentro del Mercosur, no puede firmar acuerdos comerciales plenos por su cuenta ni ofrecer nada sustantivo sin el aval de otros. China lo sabe, y los políticos también. Por eso, cuando se habla de “acuerdos históricos” con China, en realidad se está vendiendo una ilusión: muchas fotos, muchos discursos y muy poco margen real de decisión. El viaje se anuncia como apertura al mundo, pero la negociación llega atada de manos.
En este viaje no hay izquierda ni derecha. No hay principios ni valores en disputa. Hay una casta privilegiada que vive de lo ajeno, se da lujos que el pueblo no tiene y lo hace con su dinero. Eso es lo único que hay que mirar.
Después de ver esta foto, tal vez ya sea hora de dejar de fanatizarse por políticos y partidos. No valen la pena. No te representan. No les importas.
Este viaje es la prueba más clara de su desprecio.
No tienen vergüenza. Y tampoco perdón.




