
La palabra “bomba” es sinónimo de muerte, ruinas y tragedia. Las bombas no se celebran. Nunca deberían celebrarse. Porque detrás de cada explosión hay viudas, huérfanos, padres sin hijos y pueblos marcados para siempre.
Pero existen otras explosiones, que, aunque nunca son deseables, son inevitables. Esas bombas que llevan a que la opresión sanguinaria retroceda y que un pueblo, por fin, vuelva a respirar.
Eso es lo que hoy vive Venezuela.
Durante 27 años, el país fue secuestrado por un régimen que convirtió la protesta en delito, la pobreza en norma, la emigración en destino obligado y la esperanza en un acto de resistencia. Durante casi tres décadas, el pueblo venezolano utilizó la única herramienta que tenía: el voto. Y hasta eso le fue arrebatado. Elecciones sistemáticamente fraudulentas, instituciones capturadas y un sistema diseñado para perpetuar el poder cerraron toda salida democrática real.
No existía otra vía.
Mientras tanto, el derecho internacional que muchos alardean y descubren hoy, miro hacia otro lado. Durante 27 años no hizo absolutamente nada. Hasta que alguien tuvo el coraje de hacerlo. Ese derecho internacional que hoy desempolvan, lo único que hizo fue otorgar inmunidades, privilegios y fueros a los líderes de la dictadura socialista, que hundían a un país entero. Se enviaron misiones, se redactaron informes, se pronunciaron discursos que terminaron archivados en la indiferencia. Jamás hubo una respuesta proporcional al sufrimiento de las familias venezolanas. El pueblo cubano, de hecho, lleva 67 años esperando esa misma protección del llamado “derecho internacional”.
Esto que sucedió hoy en Venezuela es precisamente la consecuencia de la inacción del derecho internacional. Las cifras acumuladas son el mapa del dolor de una nación. Decenas de miles de personas torturadas. Miles de presos políticos. Centenares de muertos en protestas. Miles de inocentes asesinados. Millones de venezolanos empujados al exilio. Derechos humanos violados de forma sistemática. Medios cerrados. Un país inmensamente rico convertido en territorio de pobreza y marginalidad. Cada número de esa triste estadística es una historia, y detrás de cada historia hay una familia que sufre, hay una herida abierta.
Pero el daño no es solo material.
Hay una generación entera de venezolanos que creció sin conocer la normalidad: sin instituciones confiables, sin justicia, sin certezas, sin horizonte. La reconstrucción que viene no será únicamente económica: será, sobre todo, moral y cultural.
La diáspora venezolana es la mayor herida migratoria que ha vivido América Latina en su historia contemporánea. Esta tragedia no es un mero problema interno sino una deuda moral de todo el continente.
Y aquí es necesario desmontar una de las explicaciones más superficiales del debate internacional: la idea de que “todo se reduce al petróleo”. Decir que esto es una cuestión puramente económica, después de las cifras que referí antes, es una canallada.
Estados Unidos fue, de hecho, quien impulsó el desarrollo de la industria petrolera venezolana a comienzos del siglo XX, invirtiendo y poniendo capital, tecnología, infraestructura y conocimiento. El resultado fue histórico. En menos de dos décadas, Venezuela pasó de ser un país agrícola a uno de los mayores exportadores de crudo del planeta. En los años 50 producía más de dos millones de barriles diarios; en los 60 superaba los tres millones. El principal cliente era Estados Unidos. Con esos ingresos se construyeron autopistas, escuelas, hospitales. El bolívar llegó a equipararse al dólar. Venezuela tenía el ingreso per cápita más alto de la región y recibía miles de inmigrantes que buscaban oportunidades. La prosperidad del pueblo venezolano era visible.
Hoy, pese a poseer las mayores reservas del mundo, produce apenas una fracción de lo que producía hace medio siglo. La dictadura socialista destruyo por completo la riqueza y la prosperidad, y llevo a su pueblo a una pobreza extrema. El petróleo paso a sostener el aparato de poder y enriquecer a un pequeño grupo que convirtió al Estado en su botín.
Por eso, la realidad es que el petróleo es el botín que mantuvo unido al régimen dictatorial, y se convirtió en un sistema de saqueo que gobernó el país.
Y aquí conviene ser precisos: Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano. Tras la revolución del shale —que transformó la forma de explotar hidrocarburos—, EE. UU. se convirtió en el mayor productor del mundo, y además está entre los diez países con mayores reservas y es energéticamente autosuficiente. Además, el crudo venezolano es pesado, de difícil tratamiento y costoso de refinar, lo que lo vuelve menos competitivo.
A esto se suma un dato clave: las empresas petroleras estadounidenses no son estatales; no responden a decisiones directas del gobierno. Operan bajo criterios de mercado: costo y beneficio.
Por ende, reducir la tragedia venezolana a una conspiración energética no solo es falso sino ofensivo para las víctimas.
Más ofensivo aún resulta ver cómo algunos prefieren enfocar su indignación en figuras externas antes que mirar de frente el horror de una dictadura sanguinaria. Son los mismos que ayer gritaban “Palestina libre”, pero no quieren “Venezuela libre”. Su fanatismo ideológico los incapacita para ver todo el cumulo de pruebas, para mirar a los niños venezolanos, a los padres atormentados, a las familias destruidas y separadas. La doble moral del dogma ideológico ha reemplazado a la empatía, y en este desatino ponen por encima su anti imperialismo que la libertad de un pueblo oprimido y torturado.
En estos momentos tan sensibles, convendría dejar los dogmas en la puerta y escuchar al pueblo venezolano, que no habla de geopolítica ni de teorías económicas sino de hambre, de miedo, de muerte, de hijos, de futuro. Por eso, cuando el yugo comienza a romperse y el tirano cae, se abre la posibilidad de reconstruir una nación, y esa posibilidad significa algo que hacía mucho no podía pronunciar en voz alta: esperanza.
Por eso, en un continente acostumbrado a que las “bombas” traigan únicamente muerte, estas nuevas explosiones trajeron algo distinto y profundamente humano: la posibilidad de volver a vivir y de alcanzar la tan anhelada libertad.
Tras 27 años de oscuridad y miedo, la caída del tirano marca el inicio de una nueva etapa. Hoy Venezuela es un poco más libre que ayer, y eso no es una simple noticia: es historia.
¡Viva Venezuela libre! ¡Viva la libertad!




