Beto “El Pivotes”, un emprendedor que fracasó en todo… menos en hacernos reír

Es todo un personaje, tiene esa mezcla de tramposo querible y visionario del desastre, que es oro puro para el anecdotario Dueño de situaciones exageradas y diálogos absurdos, que nos lleva de la compasión a la risa…

Beto creció saltando de changa en changa, aprendiendo un poco de todo y dueño de nada. Desde chico fue un gran admirador de los artesanos de su barrio, de los emprendedores de la zona y de los arriesgados empresarios de su ciudad.

Con el correr del tiempo, su ojo avizor, su intuición mercantil y su afán de dinero lo llevaron a concretar emprendimientos muy llamativos.

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De equipos de fútbol llenos de modelos a bares con tragos filosóficos y strippers con artrosis, la vida empresarial de Beto “El Pivotes” es una sucesión de ideas brillantes… en teoría. En la práctica, un catálogo inolvidable de desastres que prueban que el verdadero talento no es triunfar, sino insistir con estilo.

SI EL FRACASO COTIZARA EN BOLSA…

Esta es la historia de Beto “El Pivotes”, un hombre que no tiene emprendimientos: tiene temporadas. Cada negocio suyo dura lo que un verano con lluvia, pero deja más anécdotas que un asado de mentirosos. Si el fracaso cotizara en bolsa, Beto sería un magnate… eso sí, con el contador en terapia.

Dicen que nació con espíritu emprendedor. Lo que no dicen es que también vino sin freno de mano y con el GPS configurado en “improvisación permanente”.

EL DREAM TEAM DE LAS PASARELAS

Su debut empresarial fue en el fútbol. Pero Beto no creía en tácticas ni en entrenamientos, creía en la estética.

—“El fútbol entra por los ojos”, afirmaba, hojeando un catálogo de modelos como si fuera un director técnico del Manchester City Fashion Week.

Así armó su equipo, con once jugadores que parecían salidos de una publicidad de perfume caro. Abdomen marcado, sonrisa perfecta… y una relación distante con la pelota. El debut fue inolvidable:

Minuto 1: el lateral pide cambio porque “la media le aprieta el gemelo emocional”.

Minuto 3: el delantero se acomoda el jopo… solo frente al arco.

Minuto 5: el arquero pregunta si existe la opción de atajar “sin tirarse, por higiene”. En el entretiempo, en lugar de charla técnica, hubo sesión de fotos con filtro Valencia. Dicen que fue la peor campaña en la historia de la institución. El club no descendió… porque dejó de existir antes de que la tabla lo registrara.

Se recuerda una escena histórica: un defensor pidió protector solar en pleno partido.

—“El sol pega fuerte en la banda”, explicó, mientras el rival convertía el tercero.

LA YUYERIA DE LOS HORRORES

Lejos de rendirse, Beto incursionó en la salud. Abrió una “Farmacia de Yuyos Exóticos”, porque lo tradicional le parecía aburrido y poco rentable en términos de misterio. Recolectaba plantas de baldíos con la convicción de un druida… y la precisión de alguien que nunca aprobó botánica.

Todo tenía nombres inventados:

—“Yuyo de la Calma Interior Progresiva”.

—“¿Funciona?”

—“Depende de tu fe… y del stock disponible”.

Un vecino fue a reclamar porque el “yuyo digestivo” le provocó un conflicto intestinal digno de novela rusa. Beto, serio como médico de guardia, respondió:

—“Eso es que está desintoxicando fuerte. Muy fuerte. Quizá demasiado fuerte.”

Otro cliente dijo que el “yuyo de la memoria” no servía:

—“No me acuerdo para qué lo compré”.

—“¡Ahí está! ¡Está haciendo efecto!”, celebró Beto, anotándolo como caso de éxito.

El emprendimiento cerró cuando alguien mandó a analizar una de sus hierbas… y resultó ser pasto sintetico que arrancó de la cancha de fútbol 5 de la otra cuadra…

TRAGOS PARA TODOS LOS GUSTOS

Su siguiente idea fue un bar. Pero no uno cualquiera, un laboratorio emocional con hielo. Contrató a un bartender experimental que no preparaba bebidas: preparaba experiencias irreversibles.

El drink incluía: “Sueño de Hada”: dos sorbos y te dormías como si pagaras alquiler en el sillón.

“Martillo de Thor”: despertaba la necesidad urgente de discutir con objetos inanimados.

“Filósofo de Cantina”: provocaba debates eternos sobre temas inútiles. Una vez dos clientes pasaron tres horas discutiendo si el mate enfría el alma o la acomoda.

Una noche típica en su bar, tres personas dormidas, dos abrazadas llorando sin motivo y un señor intentando convencer a una silla de que “todo es relativo, incluso vos”.

Beto lo llamaba “diversidad emocional”.

La policía, en cambio, lo registraba como “incidente reiterado”.

LOS STRIPPERS DEL BPS

Cuando el bar empezó a tambalear, Beto tuvo una idea “económica y madura”: contratar strippers. Los que estaban de moda, los que se llevaban todos los suspiros femeninos, y de algunas damas en cuerpos de hombres, therians del amor como se decía por ahí, cobraban en dólares, yen y euro, estaban muy lejos del alcance de su billetera.

Entonces se le ocurrió la brillante idea de contratar a personas especiales, pero no cualquiera.

—“La experiencia no se improvisa”, dijo.

Así nació el grupo: hombres mayores, con rodilleras, faja lumbar y un entusiasmo sujeto a condiciones climáticas. Todos eran pasivos del BPS, se habían jubilados de las grandes noches de contoneo y danzas kuduros.

Pero todos al ser apalabrados por el Beto se sintieron unos gurises de liceo y aceptaron el desafío de volver a vivir del fruto de sus esfuerzos.

El show era inolvidable: Uno arrancaba bailando y terminaba pidiendo un té de tilo. Otro hacía una pausa en plena coreografía para comentar la humedad del ambiente. Un tercero preguntaba si alguien tenía crema de arnica, “por las dudas”.

Una clienta pidió un show privado. Los artistas llegaron, comieron como si fuera Nochebuena, brindaron, arrancaron la música… y a los diez minutos uno ya estaba roncando en el sillón. El otro lo tapó con una manta. Profesionalismo ante todo.

EL FUTURO ES AIRE

Beto sigue soñando. Se rumorea que está trabajando en un nuevo proyecto revolucionario: vender aire embotellado de sótanos antiguos.

—“Es aire con historia”, explica, inflando el pecho… y el producto.

Algunos dudan. Otros se ríen. Pero nadie descarta que, de alguna manera inexplicable, Beto logre venderlo… aunque sea en cuotas y a sí mismo.

Porque si algo define a un emprendedor como él, no es el éxito.

Es esa capacidad infinita de insistir… de reinventar el fracaso…

y de asegurarse de que, pase lo que pase, siempre haya una buena historia para contar después.

La vida lo lleva y lo trae, y su fe no deca, su in ventiva no se detiene, y sus fracasos engordan estadísticas y como un Quijote en la llanura dice una frase que le repica hasta en el alma…”Podrán quitarme las venturas, pero el buen ánimo nunca”.

Su norte sigue siendo más allá del horizonte y tiene como estrella que lo guía esa fe que lo empecina, como en el tango, y en el rendir tributo permanente con sus pensamientos a otros emprendedores que salen adelante como aquel vendedor de rosas, que le agregó un peluche cariñoso a su oferta para darle un plus de ternura al cliente ante su amada. De aquel que vende velas de miel para endulzar el hogar y sentirse un abejorro. O el otro que endulza el trago de amarga con hielo con coquito de las palmera de la plaza del pueblo.

Beto “El Pivotes” ofrece otra métrica a la de las desilusiones, la del intento permanente. Puede que nunca haya encontrado el negocio perfecto, pero logró algo más difícil, convertir cada caída en anécdota y cada idea en carcajada. Y en ese rubro, sin duda, sigue siendo líder del mercado.

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