El viento y la aguanieve fueron testigos de la última melodía de Aquilino Pío, el acordeonista del Salto Oriental que convirtió su vida en música y su despedida en leyenda. Fue en abril de 1983, repasemos su historia.
Aquilino Pio, el acordeonista que sigue arrugando polcas en nuestros recuerdos

Abril soltó una pena y la verdulera cerró su fueye para siempre. El viento lastimaba los ojos y un aguanieve clamaba por más lágrimas. El viejo maestro del acordeón ya no quiso pertenecer a este mundo, convencido por aquel instrumento de que mejor sería irse juntos a tocar por las calles del cielo.
Fue el 4 de abril de 1983, cuando Aquilino Pío dio un salto a la eternidad. Ese día, las esquinas de nuestra ciudad, apenas se supo la noticia, guardaron un silencio sepulcral, como si el viento del río Uruguay se hubiera quedado sin aire. Se apagaba el hombre, pero nacía la leyenda de un artista irrepetible que no necesitó de conservatorios ni partituras para escribir las páginas más auténticas del sentir norteño.
Recuerdo que por esos días era muy común verlo por distintos lugares de la ciudad, hablo del carnaval que se fue ese febrero, algunos domingos posteriores por termas del Daymán o en alguna calle céntrica. Aquilino se fue un lunes, al otro día del domingo de Resurreción. Y tal vez dijo como la canción o la canción dijo por él: «No quiero luces ni aprontes/ ni encargos para el eterno/ tal vez cruzado el invierno/ me dé sus flores el monte».
Dos cosas pensé cuando me enteré, la primera en mi viejo compañero de clase en la escuela y el liceo, Jacinto Quinteros que era nieto de Aquilino y a veces contaba algunas cosas del célebre abuelo. Jacinto era muy pícaro, muy ocurrente y siempre estaba inventando cosas para hacernos reír, tal vez por eso estábamos más dispuestos a escuchar sus risueñas salidas, sobre el tema que fuera, que algunas historias que soltaba sobre el hombre de la acordeón. Sus compañeros de liceo sabíamos que se había ido para Montevideo, que se había hecho marinero o cocinero de un barco, el dato no estaba claro. De todas maneras me vino a la memoria su nombre. Lo otro fue el reconocer con que certeza Marcos Velázquez lo describió en su canción “Aquilino y su acordeón”. Una canción que se sigue cantando por estos días y cada vez que la escuchamos se nos aparece la figura del gran acordeonista.
APUNTES BIOGRÁFICOS
Lo que se sabe es poco teniendo en cuenta la grandeza del personaje, por eso recorremos ahora los trillados caminos de sus datos, porque es lo que se dispone:
Nacido el 19 de octubre de 1902 en el barrio Artigas de Salto, hijo de María Fausta Pío, Aquilino creció en Mataojo, entre los cerros de Carumbé.
Apenas pudo asistir a la escuela ya que la vida lo llevó pronto al trabajo como peón rural. Allí, en una estancia, recibió su primer acordeón verdulera. Fue autodidacta, y desde entonces el fuelle se convirtió en su voz y destino.
Con el tiempo, la música pasó de ser un pasatiempo a su principal sustento de vida. Aquilino se convirtió en un personaje icónico de las calles salteñas. Quienes lo conocieron lo recuerdan por su llamativa y alegre vestimenta.
EL MÚSICO DEL PUEBLO
Aquilino Pío tocaba en remates, ferias de ganado, casamientos, bailes y carreras de caballos. Su música era parte inseparable de la vida popular del litoral. En las calles de Salto se lo veía con su verdulera de dos hileras, un casco verde de juguete, alpargatas blancas y medias de seda hasta las rodillas. Era figura habitual de los carnavales salteños, donde su acordeón marcaba el pulso de la fiesta. Frente al Hospital, algunas veces se oía sonar su inconfundible música.
RECONOCIMIENTO Y LEGADO
Fue socio fundador de la Asociación Salteña de Músicos y Afines (ASDEMYA), y su talento llamó la atención del musicólogo Lauro Ayestarán, quien lo registró fonográficamente e incluyó en El Folklore Musical Uruguayo.
Su acordeón se conserva en el Museo del Hombre y la Tecnología, una biblioteca lleva su nombre, y en 2012 se inauguró un busto en ASDEMYA.
EL ACORDEÓN, EL MÚSICO Y LA MAGIA DE LOS SONIDOS
Dice una historia por ahí: “Beltrán Gómez se emocionaba hasta las lágrimas al recordar la semana en que estuvo internado en el Hospital de Salto, en la misma pieza de Víctor Lima, con quien intercambió más de un cuento. Tan emocionante como este hecho, era el verlo seguir cuadras y cuadras en los carnavales, al gran Aquilino, acordeonista sin par, embelesado por su música, su picardía, su bondad: “acordeón, lápiz musical/ en el papel de la tarde/ pintando la vida como debe ser/ las manos sabias del viejo maestro”.

Ver tocar a Aquilino era presenciar un milagro cotidiano. Sus manos, curtidas por la dureza del trabajo rural, se volvían asombrosamente livianas al acariciar los botones de su vieja y gastada verdulera. No era solo música lo que brotaba de aquel fuelle, era el eco de las madrugadas camperas, el galope de los caballos en la llanura y la alegría humilde de un pueblo que encontraba en sus polcas un refugio contra el olvido. También era el cofre donde estaban guardadas canciones sin registros.
Decían los entendidos que Aquilino no tocaba el acordeón, lo hacía respirar, lo hacía reír, lo hacía llorar.Bajo su inverosímil casco verde y sus medias de seda estiradas, a veces un poncho patrio, una cinta azul, habitaba un guardián de la memoria colectiva. Su figura, recortada contra el sol salteño en una feria de ganado o en una vereda céntrica, era el puente vivo entre el Uruguay, de allá del campo y el latido de la ciudad. Aunque hoy una calle lleve su nombre y un busto de bronce recuerde su fisonomía en la sede de ASDEMYA, su verdadero monumento no es material.
El verdadero templo de Aquilino habita en el aire. Vive cada vez que un acordeón se abre, suena, sueña y ensueña, en las cintas mágicas que rescató la sensibilidad de Lauro Ayestarán y en ese compás eterno que late en el pecho de Salto.
Aquilino se marchó silbando bajito, pero dejó su alma enredada para siempre en el fuelle de la historia grande de nuestra cultura. Es un símbolo cultural del litoral. Su acordeón se convirtió en patrimonio sonoro de Salto.
En abril de 1983, cuando cerró su fueye para siempre, dejó abierto un eco que aún vibra en cada esquina, el de la certeza de que la música popular es la eternidad de los humildes.
EL PERRO ANDALUZ
En el año 2004, el sello uruguayo Perro Andaluz Ediciones editó el álbum recopilatorio «Aquilino y su acordeón», rescatando 12 de sus históricas grabaciones folklóricas para las nuevas generaciones.
“La finalidad de la edición de este disco compacto es acercar al público el trabajo de un músico popular tradicional: el acordeonista salteño Aquilino Pío. Aquilino Pío -con su bonete o casco verde y de poncho- es una muestra de este fenómeno precioso para la cultura de los pueblos: los músicos populares que recorren largos trayectos tocando su música y participando de festejos populares, en fiestas familiares, en los carnavales, o ejecutando su música en las esquinas o en las plazas”
“El restituir a la memoria, al arsenal cultural de nuestro país, la figura de Aquilino Pío, no sólo va a permitir su visibilidad y audibilidad, sino que también va a devolver(nos) parte de los repertorios de especies que interpretaba; y que constituyen una prueba de la vitalidad (no sólo en el sentido vertical de profundidad temporal, sino en el horizontal de interacción con los distintos repertorios contextuales) de las apropiaciones creativas y transformadoras que los músicos populares pueden realizar”.
EL MISTERIO DE “LA VERDULERA”
El acordeón diatónico de una hilera (llamado popularmente «verdulera» porque lo usaban los inmigrantes italianos que vendían verduras en Buenos Aires y Montevideo) llegó a sus manos como un descarte en una estancia. Al ser analfabeto, Aquilino desarrolló una memoria auditiva prodigiosa: podía replicar una polca entera tras escucharla solo una vez en la radio de un boliche de campo.El ritual de su vestimenta.
EL VIAJE DE LAURO AYESTARÁN
. En la década de 1950, el musicólogo Lauro Ayestarán viajó exclusivamente a Salto con un grabador de cinta magnetofónica portátil. Encontró a Aquilino tocando en la calle y registró piezas únicas de polcas de relación y maxixas. Ayestarán declaró que Aquilino poseía «el fraseo rítmico más puro del norte del país».
En un audio que alguna vez me pasó el Maestro Hugo Rolón, suelo escuchar una versión de El Pericón, que le grabaron a Don Aquilino Pio, y uno siente una mezcla de nostalgia y orgullo, por esa figura enorme de la música lugareña, de nuestra cultura…






