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lunes, enero 12, 2026

APUNTES EN BORRADOR N° 947

Edición Año XVIII N° 947, lunes 12 de enero de 2026

APROVECHAR. Pasadas las tradicionales fiestas, cuando el calendario vuelve a mostrar días “normales” y el ruido de los brindis se apaga, aparece un silencio particular. Es el silencio del comienzo de año, ese momento extraño en el que todavía estamos en pleno verano, con el cuerpo pidiendo descanso, pero la cabeza empezando a preguntarse qué haremos con los meses que tenemos por delante. Y es justamente ahí, en ese cruce entre la distensión y la expectativa, donde conviene empezar a planificar.

Existe una idea bastante extendida de que enero es un mes perdido, un tiempo muerto que recién se activa en marzo. Sin embargo, esa percepción suele ser más una excusa que una realidad. El verano, lejos de ser un obstáculo, puede ser una oportunidad. Con menos urgencias, menos reuniones y una agenda más liviana, se crea un espacio ideal para pensar con mayor claridad. No para resolverlo todo, pero sí para ordenar prioridades.

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Planificar no significa llenar la agenda de compromisos ni trazar un camino rígido e inamovible. Significa, más bien, hacerse algunas preguntas básicas que durante el resto del año suelen quedar postergadas por la vorágine diaria. ¿Qué queremos cambiar? ¿Qué vale la pena sostener? ¿Qué proyectos quedaron en pausa y por qué? El inicio de un nuevo año ofrece una distancia temporal que ayuda a mirar lo que hacemos con un poco más de perspectiva.

En este punto, conviene también ser honestos con nosotros mismos. Cada enero abundan las promesas grandilocuentes que, con suerte, sobreviven hasta febrero. Tal vez el desafío no esté en proponerse demasiado, sino en proponerse mejor. Objetivos posibles, concretos, alineados con nuestras realidades y no con expectativas ajenas. Planificar el año no es competir con nadie, es construir una hoja de ruta propia.

El contexto, además, no es menor. Vivimos tiempos de incertidumbre, de cambios rápidos y, muchas veces, de cansancio acumulado. Justamente por eso, planificar se vuelve un acto casi defensivo. No para controlar lo incontrolable, sino para no quedar a la deriva. Tener un norte, aunque sea flexible, ayuda a atravesar mejor los imprevistos que, inevitablemente, aparecerán.

El verano también invita a pensar el equilibrio. El trabajo, los estudios, los proyectos personales y el tiempo de descanso no deberían verse como compartimentos estancos. Planificar el año implica considerar todos esos aspectos, entendiendo que el bienestar no es un premio que llega al final, sino una condición necesaria para sostener cualquier objetivo en el tiempo. Incorporar pausas, espacios de disfrute y cuidado personal no es un lujo, es parte del plan.

A nivel colectivo, este ejercicio también es valioso. Las comunidades, las organizaciones y las instituciones necesitan, al igual que las personas, detenerse a pensar hacia dónde van. Enero puede ser un buen momento para conversaciones más profundas, para evaluar lo hecho y para imaginar lo que viene, sin la presión inmediata de los plazos.

En definitiva, comenzar a planificar el año en pleno verano no es ir contra la corriente, sino aprovecharla. Es usar este tiempo, aparentemente liviano, para sembrar ideas, ordenar deseos y marcar rumbos. No se trata de apurarse, sino de adelantarse un poco a la inercia. Porque cuando el año acelere, y lo hará, será mucho más fácil avanzar si ya sabemos, aunque sea en líneas generales, hacia dónde queremos ir.

Hasta la semana que viene… y tilo pa’la barra!

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