
Docente, directora coral y escritora, Amalia Zaldúa Rivas es una de las figuras culturales más profundas y fecundas de Salto. Su vida, atravesada por la educación, la música y la palabra, deja una huella silenciosa pero perdurable en generaciones enteras. Hoy sigue escribiendo y palpitando con el acontecer cultural local.
Hay nombres que no necesitan estridencias para permanecer. El de Amalia es uno de ellos. Nacida en Tacuarembó el 29 de octubre de 1927, encontró en Salto el territorio donde desplegó plenamente una vocación múltiple y coherente, hecha de docencia, canto coral y escritura. Desde allí construyó una obra paciente y sólida, entendiendo la cultura como servicio, como herencia y como acto profundamente humano.
Amalia se dice, ante todo, educadora. Se desempeñó como maestra entre 1949 y 1979, y ejerció como profesora de idioma español en el Liceo Nocturno de Salto entre 1959 y 1966. Su concepción pedagógica excedía los programas formales, enseñar era también formar sensibilidad, afinar la escucha, despertar pensamiento crítico y sentido de pertenencia. En sus aulas, el conocimiento convivía con la emoción, el rigor con la ternura, y la exigencia con el respeto.
LA MÚSICA, ESE LENGUAJE UNIVERSAL…
Esa mirada integral encontró en la música un lenguaje privilegiado. Integrante de la Coral dirigida por el maestro Eric Simons, fue consolidando una formación musical que luego volcó generosamente en su tarea docente. En 1965 obtuvo el primer lugar por concurso de oposición y méritos para las cátedras de Educación Musical y Dirección de Coros del Instituto de Formación Docente de Salto, donde trabajó hasta 1979, formando a generaciones de futuros educadores.
EL CORO CANTARES

En 1977, al percibir el deseo latente de cantar en comunidad, fundó el Coro Cantares, su obra más emblemática. La primera presentación fue sencilla, casi íntima, pero ese inicio modesto dio lugar a una historia extraordinaria. Bajo su dirección, Cantares se convirtió en mucho más que un coro, fue una escuela de valores, disciplina y trabajo colectivo. Amalia no solo formó voces afinadas, sino personas comprometidas con el otro y con el sentido profundo del arte compartido.
Con el paso de los años, el coro alcanzó reconocimiento nacional e internacional, realizando presentaciones en Uruguay, Argentina, Brasil, Paraguay, España y Roma. Uno de los hitos más significativos fue su participación en el Vaticano, hecho que trascendió lo artístico para adquirir un valor simbólico enorme: desde el interior del país, con constancia y excelencia, también era posible llegar al mundo. Aquella experiencia confirmó una convicción que Amalia sostuvo siempre, el arte no tiene periferias cuando se lo cultiva con compromiso y verdad.
UN VOZ LITERARIA SERENA
Paralelamente, desarrolló una intensa labor como escritora. Publicó poemas para niños y relatos en revistas y periódicos, y en 2007 editó el libro “Largos veranos”, donde la memoria, la infancia y el paso del tiempo aparecen trabajados con delicadeza y hondura. En 2018 participó del volumen colectivo Cuentos y Poemas de Salto, reafirmando una voz literaria serena, reflexiva y profundamente humanista.

CIUDADANA ILUSTRE
Los reconocimientos llegaron sin alterar su perfil austero. Fue declarada Ciudadana Ilustre de Salto, y su nombre queda inscripto en la memoria institucional y afectiva de la ciudad. Sin embargo, su verdadero legado no se mide en distinciones, sino en las huellas invisibles que dejó en alumnos, coreutas, lectores y colegas.
AMALIA NO LEVANTÓ LA VOZ PARA HACERSE OÍR, LA AFINÓ
«Aprendió temprano que el silencio también educa, que escuchar es una forma de amar y que una voz, cuando se comparte, deja de ser individual para volverse comunidad.
En las aulas sembró preguntas; en los coros, respiraciones comunes. Cada gesto suyo parecía decir que el arte no es espectáculo, sino encuentro. Dirigía como quien acompaña: con firmeza sin dureza, con exigencia sin temor. Sabía que cantar juntos no es solo coincidir en una melodía, sino aceptar el tiempo del otro.
Escribía como quien recuerda en voz baja, sin apuro, dejando que la memoria haga su trabajo. Sus palabras, como sus notas, nunca buscaron imponerse: eligieron quedarse.
Amalia entendió que educar no es llenar, sino afinar. No es imponer un ritmo, sino descubrirlo».
SU LABOR ES CAMINO, SU ENSEÑANZA SE MULTIPLICA
Hoy es tiempo de mirar el camino recorrido, de mirar coros, de leer libros, de observar la cultura del nuevo tiempo, pero todos sabemos que los artistas, los creadores, los que enseñan, jamás se retiran. Sus enseñanzas siguen vivas en cada coro que respira al unísono, en cada aula donde el silencio todavía tiene sentido, y en esa certeza humilde y luminosa de que la cultura es, ante todo, una forma de cuidado, ella sigue allí, en sus continuadores.
Amalia Zaldúa enseñó a cantar, pero sobre todo enseñó a escuchar. Su vida es una pedagogía del arte y una ética de la sensibilidad, recordándonos que la cultura no es un lujo, sino una forma de dignidad colectiva.





