Alejandra Soria: “La felicidad está hecha a mano”, una historia de lucha, maternidad y reconstrucción

Alejandra Soria, reconocida en la Junta Departamental de Salto, representa la fuerza de las mujeres rurales, la maternidad, el trabajo y la capacidad de reconstruirse tras perderlo todo.

Alejandra Soria: volver a empezar desde el campo

Desde Colonia Itapebí, donde el campo no solo es paisaje sino forma de vida, Alejandra Soria encarna una historia profundamente humana, atravesada por el esfuerzo, la maternidad y la capacidad de volver a empezar.

Su reciente reconocimiento en la Junta Departamental de Salto no hace más que poner en palabras algo que su comunidad ya sabía, su recorrido representa a muchas mujeres del interior.

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“Quizás represento a miles de mujeres que viven el día a día, en miles de situaciones que a veces no las conoce”, expresa con humildad. Criada en el medio rural, su elección de vida fue siempre el campo: “Yo fui criada en el campo, siempre me gustó el campo…si bien fui a estudiar a la ciudad me vine para afuera porque no me gustaba”.

Allí formó su familia, tuvo a sus hijos y enfrentó una de las primeras grandes transformaciones de su vida. “Me casé, tuve mis hijos y a los doce años me separé… ya tenía mi casa cuando me separé”. Desde ese momento, comenzó una etapa marcada por el esfuerzo individual, aunque con un sostén clave. “Mis padres me ayudaron mucho siempre están a la orden”.

El trabajo fue su herramienta constante. Entre tareas de peon rural, suplencias y pequeños ingresos desde su casa, Alejandra fue construyendo su sustento. “Siempre trabajé en el campo… hacía suplencias a la cocinera… y en casa siempre hacía algo también, alguna venta de torta frita, pero se esquilar, hacer todas las tareas de campo para las que me capacite».

“Un día vinieron a dar un curso de costura y yo fui… desarmaba una bombacha y la volvía a hacer para aprender”. Ese aprendizaje coincidió con un momento clave de su vida. “Justo en ese tiempo me había separado”, recuerda. Con hijos pequeños a cargo —“el más grande tenía 12 años”—, su rutina combinaba largas jornadas laborales con horas frente a la máquina de coser. “Me venía a la una de la tarde y ahí trabajaba en mi máquina… hacía ropa de campo, ponchos, todo”.

En ese camino apareció una oportunidad que sería determinante. “En las vacaciones me salió un trabajo de temporada… y me fui a Maldonado”, recuerda. Aquella experiencia no solo significó un ingreso, sino una inversión en su futuro: “Ahí fue que me compré la máquina”. Ese primer paso marcaría el inicio de su emprendimiento.

Poco después, la costura comenzó a tomar forma como oficio.

Pero el momento más duro estaba por llegar. Un incendio destruyó su hogar en cuestión de minutos. “En 20 minutos se me quemó la casa… se me quemó todo”. La escena, relatada por ella misma, refleja la magnitud del golpe. “Yo estaba trabajando… me dijeron ‘se te está quemando la casa’… y la vecina que me llamó me tranquilizaba diciendo que ‘las nenas están conmigo’”.

Sin embargo, en medio de la pérdida total, emergió la solidaridad. “De todos lados me llevaban cosas… cuando quise acordar tenía todo doble”, cuenta. Ese respaldo colectivo fue clave para reconstruir su vida. Entre los gestos más significativos, recuerda “los vecinos hicieron una colecta y me compraron una máquina nueva”.

Con esa máquina, Alejandra volvió a empezar. “Ahí empecé yo a trabajar… compraba tela, hacía mis cosas”. Su emprendimiento creció sin grandes estrategias comerciales, pero con autenticidad: “No sé mucho de publicidad… pero en el boca a boca trabajo”. Su marca «MASD», cargada de sentido, resume su filosofía: “La felicidad está hecha a mano”.

La maternidad, en paralelo, fue su motor constante. Sus cuatro hijos son hoy reflejo de ese esfuerzo sostenido. “Gracias a Dios, el grande ahora se recibe de técnico agropecuario… los otros también están en la agraria”. Para ella, ese es uno de los mayores logros: “Lo principal es que ellos pudieron estudiar”.

Esa apuesta implica sacrificios cotidianos. “Me levanto temprano, les cocino… porque en la agraria no tienen comedor”. A la par, desarrollan juntos un emprendimiento familiar: “Tenemos gallinas ponedoras y pollo parrillero… lo criamos, lo vendemos acá en el pueblo”. Más que un ingreso, es una forma de enseñarles a salir adelante.

El incendio, que pudo haber sido un punto final, terminó siendo un punto de inflexión. “Fue un tremendo dolor… pero después hubo un cambio en la vida… como que las cosas viejas habían pasado y volvió todo nuevo”. Esa mirada resignifica la pérdida y la transforma en aprendizaje.

La solidaridad que recibió también se convirtió en acción. “A los dos meses, a una muchacha se le quemó la casa… y lo que a mí me sobraba, se lo llevamos”. Para Alejandra, ayudar es parte de la vida: “Gracias a Dios que uno puede compartir también”.

Su casa, además, siempre fue un espacio abierto. “Siempre había cantidad de gurises jugando… merendando”. Esa forma de maternar trasciende lo biológico: “Es como creo a mis hijos… para que compartan”.

Con 39 años, su historia está lejos de cerrarse. Pero hay una certeza que atraviesa todo su relato: el valor de lo que se transmite. “Usted sabe que todos dicen, los hijos de Alejandra son igualitos… tienen un corazón…”. Allí está, quizás, su mayor legado.

Porque su vida no se mide solo en lo que construyó materialmente, sino en lo que sembró en otros. Y en esa siembra, paciente y constante, Alejandra Soria confirma que, incluso después de perderlo todo, siempre es posible volver a empezar. Y hacerlo, además, con las manos, con amor y con dignidad.

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