Sufrir de vejentud, trasponer los tiempos, liberar recuerdos; no es changa, mi amigo. Esos son los laberintos que intento recorrer. Pero siempre hay alguien que me roba caramelos del frasco, me empuja y desparrama los patitos que venían en hilera.

De pronto, reaparece aquel cine repleto en la matiné y John Wayne llega a caballo, a todo galope, para salvar a la dama cautiva. Los pieles rojas gritan fuerte y tienen una puntería extraordinaria con sus flechas, pero cuando les toca pelear con John son tan torpes que reciben sopapos de lo lindo.
Por allá camina, con su angustia a cuestas, Gary Cooper, buscando la hora señalada. Nadie lo ayuda, aunque la gurisada más sensible rezaba por él, y los groseros le gritaban cosas al cobardaje del pueblo que tenía miedo a los malos.
Por ahí vienen Los Cinco Halcones, una especie de cinco llaneros solitarios mejicanos, sin Toro ni Plata, que tiraban tiros y canciones rancheras para hacer más largas las cintas: Luis Aguilar, Antonio Aguilar, Javier Solís, Miguel Aceves Mejía y Julio Aldama eran los superhéroes de sombreros anchos y sin antifaces.
Se me mezclan el santo de Charlton Heston, Los Diez Mandamientos, Ben Hur, Moisés, Yul Brynner en Los Siete Magníficos, Gregory Peck, Kirk Douglas.
Después fue el tiempo de otras heroicidades y otros mundos: El planeta de los simios, Star Wars, La naranja mecánica, que, en realidad, con lo que se vive ahora, en este siglo XXI, son cosas bien de este mundo, con las secuencias de Avatar incluidas…
CUANDO ERAN TIEMPOS DE REVISTAS
Me encuentro leyendo algunas revistas Lunes, un par de ejemplares de Peloduro, sobre todo aquel de la tapa donde el ómnibus había aumentado el boleto y quedaba suspendido en el aire, obligando a los pasajeros a subir de un salto.
Veo a Lorenzo y Pepita, a la Pequeña Lulú, al Llanero Solitario y a Toro. Red Ryder y Castorcito. Los elegantes atuendos de Roy Rogers y del mismísimo Gene Autry.
Me veo leyendo Jackaroe, Mi novia y yo, Inodoro Pereyra, Boogie el aceitoso, Mafalda, El Tony, D’Artagnan, El Gráfico, las revistas deportivas; todo un hito uruguayo.
Se me cruza de nuevo el cine por la mente y vuelvo a deslumbrarme con Ringo Wood o Giuliano Gemma. Django o Franco Nero. Las películas de Sergio Leone y las de Leonardo Favio, como Aniceto y la Francisca o El Dependiente, con Walter Vidarte, uruguayo él.
Me río con Luis Sandrini y con Cantinflas. Vuelvo a asombrarme con las películas de Chaplin y Buster Keaton. Me pongo a caminar y a fumar como Clint Eastwood, pero me duele la cintura, aparece el lumbago y termino colgando el traje de actor para seguir recordando.
Sean Connery o James Bond, que se las sabía todas y tenía una suerte bárbara con las mujeres. Uno conseguía una cada siglo y aquel desgraciado andaba con cinco o seis por película, y la pasaba de maravilla.
LOS DIARIOS SIEMPRE ESTUVIERON ALLÍ
Entre tantas lecturas siempre me gustó leer diarios y, por suerte, gracias a una vecina podía hacerlo. Los diarios de Montevideo y de Salto de fines de los sesenta y comienzos de los setenta.
Iba al fútbol a ver a Ferro Carril y soñaba con jugar algún día, cosa que nunca pude. Pero ya escribía para mí: crónicas deportivas, comentarios de partidos, reportajes inventados, selecciones imposibles.
Los diarios me acompañaron siempre, y lo siguen haciendo hoy, como El Pueblo y ese ritual de leerlo cada mañana…
ABRIR UN LIBRO, SIEMPRE SE PUEDE
De pronto alguien me acercó un libro de Frantz Fanon. Después otro me dijo: “Leé este”. Era Así se forjó el acero, la historia de Pavel Korchaguin, que me marcó para toda la vida.
Llegaron Pablo Neruda, los poetas españoles y los libros del liceo. Vinieron los clásicos: Homero, La Ilíada y La Odisea, Dante, Shakespeare, Cervantes, Werther de Goethe, Quiroga y toda la tropa estudiantil.
Pero yo ya andaba entretenido con Juan Rulfo y Pedro Páramo, con Jorge Amado y Capitanes de la Arena, con La ciudad y los perros de Vargas Llosa, El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad del Gabo.
Hasta que empecé a leer a Alejo Carpentier: El siglo de las luces y, fundamentalmente, El recurso del método. Después de eso nada fue igual.
Las venas abiertas de América Latina de Galeano, La tregua de Benedetti y El pozo de Onetti también me impresionaron.
Y aquel bien gordo de Rayuela, tantas veces comenzado y nunca terminado, aunque por suerte pude leer varios cuentos de Cortázar y aliviar un poco la culpa.
LA MÚSICA, LOS DISCOS Y LAS CANCIONES
Zitarrosa rompe el silencio con su Milonga para una niña y uno asocia aquello con sus amores prematuros.
El galán que perseguía las canciones de Los Iracundos, cuando iba para el Anexo de saco colgado y Eduardo Franco cantaba aquello de “con el saco sobre el hombro”.
Nosotros bailábamos en los cócteles del Anexo con los Ringo, el Tachuela García, el Flaco Bruno y otros cuyos nombres se me fueron perdiendo.
LA REINA DEL PLATA
De pronto ando por Buenos Aires. El mítico Luna Park. La playa de Quilmes. El subte de la línea A. El Sarmiento que corría desde Caballito hacia el fondo de la avenida Rivadavia.
Sé que me bajaba en Once, en Plaza Miserere, y caminaba unas cuadras para llegar a la tienda donde trabajaba. Era joven en esos años setenta, demasiado para andar, y andaba.
Me gustaba ir al cine. Había de todos los gustos. Los domingos, a veces, veía a Ferro Carril Oeste porque la cancha me quedaba cerca. O me iba al viejo Gasómetro, en Avenida La Plata, a ver a San Lorenzo.
La mayoría de las veces visitaba familiares en Moreno y, en el tren de regreso, se subían algunas barras bravas que gritaban y bromeaban entre ellos. No molestaban a nadie. A lo sumo viajaban sin pagar. Comparados con los de ahora, eran carmelitas descalzas.
Un día entró a la tienda donde trabajaba, en el Once, Pedro Aldo Poy, héroe de Rosario Central en ese año, y se alborotó el ambiente. Venía acompañando a su señora de compras. Lo recuerdo alto, bigotudo y muy callado.
A veces, los sábados de mañana, los dueños de la tienda nos llevaban al Club Casa a preparar el salón para cumpleaños, casamientos y espectáculos. Pasaban por allí Olmedo y Porcel, músicos como Sabú o Sergio Denis; en fin, lo que estaba de moda por entonces. Corría el año 1974, para ser más exactos.
Y LOS MINI LIBROS AQUELLOS
Hace poco, amarillentas y perdidas en unas cajas, encontré novelas del Far West de Marcial Lafuente Estefanía. Y apareció una que no era de él: Dick Carrigan, el preso 501.
Fue una de las novelitas del Oeste que más me impactó en los años sesenta y el disparador de aquellas historias de cowboys que escribíamos con Ramón Lanzieri. Nos las intercambiábamos para leer sin comprar revistas ni novelas. Las escribíamos en cuadernos.
De aquellos tiempos también me acuerdo cuando le llevaba desde Paturuzito y Patoruzú hasta las revistas del Llanero Solitario, Red Ryder, Roy Rogers, El Tony, D’Artagnan y El Gráfico a mi padre, el Lilo Cattani, que tenía una revistería entera.
Toda la gurisada de Lazareto, y también los mayores, iban a cambiar revistas. Yo volvía a casa, en la calle 8 de Octubre, cargado de lecturas.
Suena el teléfono.
No, no era el teléfono. Era el timbre.
Salgo.
Hay alguien que quiere venderme un plumero. Le digo que no. Me quiere vender otra cosa. Le vuelvo a decir que no. Entonces me dispara:
—¿No tiene algo que me dé?
Ya no me dieron ganas de comer el pan con dulce de membrillo.
Y se lo di.
¿En qué estábamos?
Bueno… cuando me acuerde, sigo.
Nos vemos.






