A 40 años de su partida, “Borges se encuentra con Borges” en el Chalet Las Nubes

En el 40.º aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, una ficción literaria imagina al escritor recorriendo el Chalet Las Nubes, la histórica residencia de Enrique Amorim frente al Parque Solari. Allí, entre espejos, laberintos, tigres y puñales, Borges dialoga consigo mismo y con los símbolos que marcaron una de las obras más influyentes de la literatura universal.

DESPERTAR ENTRE DOS ACTORES

Dormirse en medio de la lectura de un libro puede resultar normal, o creíble, para una persona que trata, a través de la lectura, informarse sobre determinado autor y, sin darse cuenta, acumula varias horas embebido en el tema.

Pero despertarse en la penumbra de una sala enorme y ver una película en blanco y negro, con los protagonistas que escapan del telón, caminan por la sala y salen al patio, da como para empezar a buscar en la guía telefónica algún profesional de turno…

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BORGES POR BORGES

El hombre que aguardaba en la galería del Chalet Las Nubes sabía que estaba muerto desde hacía cuarenta años. No era una revelación inquietante. Borges siempre sospechó que la muerte era apenas una costumbre de los vivos.

La tarde caía sobre el Parque Solari. Los árboles agitaban una sombra antigua y el chalet de Enrique Amorim parecía suspendido fuera del tiempo, como si hubiese quedado atrapado en una página olvidada.

El anciano escuchó unos pasos. No necesitó volver la cabeza.

—Has llegado —dijo.

El recién llegado era él mismo. Más joven. Tal vez el Borges de los años sesenta, quizá el de las conferencias interminables, acaso el que todavía conservaba alguna luz en los ojos o el jovencísimo de apenas 21. En los sueños, las fechas suelen ser imprecisas.

—¿Dónde estamos? —preguntó el otro.

—En Salto.

—¿Oriental?

—Hay otros Saltos, pero sí, este es el de Uruguay. El de Quiroga, el de Enrique, y el de algunas de mis modestas visitas.

El joven observó el parque.

—¿Estoy soñando?

—Probablemente. Aunque también podría ser que yo te esté soñando a ti. Ya sabes que ambas posibilidades son igualmente absurdas.

Caminaron por la galería. El Borges anciano parecía conocer cada rincón.

—Siempre admiré a Amorim —dijo—. Tenía la rara virtud de convertir una casa en una biblioteca y una biblioteca en un mundo.

—Los mundos son tu especialidad.

—No exageremos. Apenas fabriqué algunos laberintos.

Al escuchar la palabra, el joven sonrió.

—Ahí está otra vez el laberinto.

—Siempre estuvo.

Señaló los senderos que atravesaban el parque.

—Los hombres creen que los laberintos son construcciones de piedra. Se equivocan. El verdadero laberinto es el tiempo. También la memoria. También una decisión.

Avanzaron entre los árboles. El anciano se detuvo frente a un espejo antiguo apoyado contra una pared. Nadie pudo explicar jamás cómo había llegado allí.

El joven lo observó con desconfianza.

—Nunca te gustaron.

—Los espejos son una forma de cortesía del infinito —respondió el viejo—. Nos recuerdan que podríamos ser otro.

—O que no somos nadie.

—Exactamente.

Ambos se reflejaron. Por un instante pareció haber cuatro Borges. Después ocho.

Después una multitud. El anciano apartó la vista.

—Todavía me inquietan.

Siguieron caminando. En una de las habitaciones del chalet encontraron un cuadro de un tigre.

El joven sonrió.

—Sabía que aparecería.

—Siempre aparece.

—¿Por qué?

—Porque es perfecto.

Durante unos segundos guardaron silencio.

—Yo jamás pude describir un tigre verdadero —continuó el anciano—. Solo describí el tigre de mis sueños, el de los libros, el de mi imaginación. Quizás toda literatura consista en eso.

—¿En fracasar?

—En fracasar con elegancia.

La tarde avanzaba. El parque comenzaba a poblarse de sombras. Sobre una mesa descansaba un viejo puñal. El joven lo tomó entre sus manos.

—También éste.

—Sí.

—El coraje.

—No. El destino.

—¿Hay diferencia?

—Toda la diferencia del mundo y ninguna.

El acero devolvió un breve reflejo. Entonces comprendieron que el objeto no era un arma, sino una metáfora, como casi todo en la vida.

Regresaron a la galería.

La noche descendía lentamente sobre Las Nubes. El Borges más joven permaneció en silencio.

—Dime una cosa —preguntó finalmente—. Después de cuarenta años, ¿qué queda de nosotros?

El anciano pareció meditar la respuesta. Miró los árboles. Miró el parque. Miró la casa donde Amorim había reunido amigos, libros e historias.

—Quedan algunas páginas.

—¿Solo eso?

—No es poco.

El joven esperó.

—También quedan las preguntas —agregó el viejo—. Los libros suelen olvidarse. Las respuestas envejecen. Las preguntas sobreviven.

La noche ya era completa. El Borges anciano comenzó a alejarse.

—¿Volveremos a encontrarnos?

—Nos encontramos cada vez que alguien abre un libro.

—¿Y si un día nadie los abre?

El anciano sonrió. Era una sonrisa cansada y feliz.

—Entonces seremos, por fin, un misterio perfecto.

El otro quiso responder algo. No pudo. La galería estaba vacía.

Solo quedaban el rumor de los árboles del Parque Solari, la sombra del Chalet Las Nubes y una vaga impresión de infinito. Como si Borges hubiera pasado por allí. O fuera a pasar mañana.

LOS REGRESOS DEL MAESTRO

A cuarenta años de su muerte, Borges sigue regresando. Regresa en cada lector, en cada discusión literaria y en cada ciudad que conservó una huella de su paso.

Salto tiene una de ellas. Quizás por eso no resulte difícil imaginarlo recorriendo una vez más el Chalet Las Nubes, dialogando con sus fantasmas favoritos, vestidos con las sábanas del tiempo, los espejos, los tigres y los libros.

Porque hay escritores que dejan obras. Borges dejó un universo. Y los universos, como los buenos laberintos, nunca terminan de recorrerse.

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