Por: Jorge Pignataro
Mucho se habla del centenario del escritor Mario Benedetti. La fecha concreta es mañana: nació el 14 de setiembre de 1920, en Paso de los Toros. Su nombre fue Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia. A modo de breve presentación, alguna vez escribimos desde esta página: «La cantidad de libros de Benedetti hace que resulte casi imposible enumerarlos. En tanta abundancia, no es difícil detectar páginas bastante menos afortunadas que otras, pero debe reconocerse en él la entera dedicación de su vida a las letras, haber explorado al máximo las posibilidades que brinda el lenguaje para la creación (creó absolutamente en todos los géneros) y como si fuera poco, haber logrado un nivel de comunicación con sus lectores como pocos alcanzan. Mario Benedetti falleció en Montevideo el 17 de mayo de 2009…».
«Del exilio se vuelve cambiado, otra persona»
Este es el título de la entrevista con que hoy queremos homenajearlo. La entrevista es de Juan Cruz y fue publicada en «Página/12» el domingo, 17 de setiembre de 2006. Es bastante más extensa; simplemente compartimos algunos pasajes:
– ¿Cómo eran sus padres?
Había un gran desnivel cultural entre ellos… Mi padre era químico y enólogo, y mi madre casi no había acabado la primaria. Mi madre era bastante caprichosa, no se llevaron bien. Mi padre era un tipo muy inteligente, generoso, buena persona. Y como profesional era excelente (…)
– ¿Cómo se fue haciendo usted?
Aprendí a leer solo. Me pusieron en el colegio alemán, y fui enseguida a segundo, porque yo ya había leído a Julio Verne y a Salgari. Allí, en el colegio alemán, nos enseñaban a golpes.
– ¿Eso lo marcó?
Me marcó en varios aspectos, y me hizo aprender un idioma, el alemán, que es hoy el idioma que manejo mejor (…)
–Y casi en todos sus libros está Montevideo…
Y me atrae porque siempre ha tenido un buen nivel cultural; fue durante muchos años el país con mayor alfabetización de América latina. Cuando era un niño empecé a leer y leer. Los primeros versos de mi vida los escribí en alemán, ¡los profesores no se creían que fueran míos! Tuvo que ir mi padre para certificar que de veras los había escrito yo.
-Era un país feliz…
Nos hizo mucho bien el fútbol. Fuimos campeones olímpicos de fútbol en los años veinte, en 1924 y en 1928, y en 1950 le ganamos a Brasil la final de la Copa del Mundo en el Maracaná. Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡Cuando ganamos las Olimpíadas, en París, la gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón! Cuando ganamos en 1924, me acuerdo que estábamos en Tacuarembó, y mi padre escuchaba una radio española con unos auriculares que no sé de dónde se sacó. En 1928, ya en Montevideo, seguíamos los resultados en la plaza Libertad, a través de unas pizarras. Uruguay jugaba la final, con Italia, y bajaban los cartelones: «Uruguay cede córner, Italia cobra off side». ¡Uruguay ganó 32! (…)
-Usted hizo política…
Estuve en uno de los movimientos que se integraron en el Frente Amplio. Fue una experiencia dura, porque tienes que decir en la tribuna algo con lo que no siempre estás de acuerdo. Además, no improvisaba los discursos, los escribía, y eso para un político no es nada bueno. Un día me vinieron a avisar unos amigos: me iban a meter preso en menos de 48 horas.
-El exilio.
Yo no me quería ir. «¡Te tienes que ir!», me decían, «¡te van a torturar!» Hicimos un acto por la libertad de Daniel Viglietti y después me marché a Buenos Aires. En Buenos Aires estuve poco; era la época de López Rega. Y López Rega sacó una lista de personas que debían dejar el país, porque si no, las mataban. Entre esas personas estaba yo, el único extranjero. Me fui a Perú. Allá me dieron trabajo en un diario, con la condición de que no dijera ni media palabra de política: ni de Uruguay ni de Perú ni de Estados Unidos. Mis artículos versaban sobre literatura. Un día tocaron el timbre abajo. Era la policía, me querían deportar. Me dieron a elegir: Cuba, Ecuador o Uruguay. Mientras lo iba pensando, el tipo que me fue a avisar de la deportación se fue durmiendo, y yo aproveché para deshacerme de los papeles comprometidos. Cuando se despertó me rogó: «Por favor, no les diga a mis superiores que me quedé dormido» (…)
– ¿Y qué pasaba mientras en Uruguay?
Dictadura, crisis económica, y ya no se ganaba tampoco al fútbol. Todo era malo, y se iba la gente. Al exilio, por razones políticas o por razones económicas. ¡Incluso se iban a Australia! Hubo una librería en Sydney en la que sólo había libros uruguayos.
–En Buenos Aires asesinaron a Zelmar Michelini…
Cada discurso suyo era como un poema… Lo secuestraron, con otros compañeros; a él le había ofrecido Jimmy Carter acogida en EE.UU., y no se quiso ir «¡si en Uruguay están torturando a mi hija!» A la hija le dijeron que habían matado a su padre los torturadores. Y los mataron, a Michelini y a sus dos compañeros (…)
– ¿Qué huella le dejó el exilio?
Me demostré a mí mismo tener buena capacidad de adaptación. Y descubrí que en todos los países hay hijos de puta y gente macanuda. Me vinculé con la buena gente, no con los hijos de puta, así que tuve muy buenos amigos, en España, en Cuba, en México, en Argentina. Sé que otros uruguayos no abrían la valija, por si se volvían pronto, pero yo colocaba la ropa en los placares, porque sabía que la cosa iba a ser larga. La gente me ayudó mucho…
– ¿Cómo fue el regreso, el desexilio?
Era agosto, le prometí a Daniel Viglietti que haríamos un recital, a dos voces. Llegué en solitario, me fue a buscar Raúl al aeropuerto, y cuando dimos el recital hubo un gentío tal que llenaba varias calles alrededor del teatro. A la gente la encontré distinta, más desconfiada. Como la dictadura había metido espías de un lado y de otro… Las relaciones internas de los habitantes de Montevideo se habían deteriorado un poco. Yo era otro, además. La experiencia del exilio me había convertido en otra persona, con todo lo que de bueno y de malo me había dado la vida fuera de mi país. Yo era otra persona (…)
– ¿Cuáles han sido sus miedos?
Primero, los de cualquier niño. De adulto, la tortura. Creo que si me hubieran torturado no habría traicionado a nadie, pero me habría costado mucho sufrimiento. Siempre le tuve miedo a la tortura.
– ¿Miedo al tiempo?
Y sí, porque los años van pasando y uno se va volviendo viejo, y eso es bravo reconocerlo ante el espejo (…)
– ¿Es un solitario?
No lo soy, pero trato de que cuando tenga que vivir la soledad, ésta no me lastime. Cuando muere mi mujer, se produce un terrible momento de soledad; frente a eso, la escritura es como una guarida. Puede ser mi guarida o puede ser mi jardín, depende del estado de ánimo que esté pasando. Para el dolor es mi guarida, sobre todo cuando me han rodeado las muertes (…)




