El Aguazo campeón del humor

La increíble historia del cuadro que moja la camiseta en Humorlandia

En el Campeonato de Humorlandia, donde el pasto es sintético pero la risa es natural, el Club Atlético El Aguazo se volvió leyenda. Con un plantel que parece salido de un mapa hidrográfico y una camiseta que combina celeste, negro y verde como un temporal bien armado, el equipo cerró una temporada que dejó empapados de alegría a propios y extraños.

CUANDO EL AGUA CORRE A FAVOR DEL ARCO

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En Humorlandia, la pelota pica distinto. Dicen que es porque la cancha tiene ligera pendiente hacia la comicidad, pero lo cierto es que, cuando El Aguazo entra a jugar, la gravedad directamente se rinde.

“Nosotros sí que mojamos la camiseta”, repiten en cada rueda de prensa, un lema que ya está patentado y que incluso alguna marca de paraguas quiso usar de esponsoreo. Y sí: sudan, se embarran, y muchas veces chapotean en charcos emocionales. Pero también se mandan, de vez en cuando, algún tsunami goleador.

UNA ALINEACIÓN MÁS LÍQUIDA QUE UN CAÑO ROTO

El equipo ya es famoso por el reparto geográfico y la ductilidad hídrica de sus jugadores:

Pedro Ríos, el arquero, ataja hasta las metáforas.

En el fondo, los cuatro mosqueteros del drenaje: Julio Arroyo, Marcos Laguna, Anselmo Lagos y Pablo Mar, la zaga más costera del campeonato.

El mediocampo lo manejan con precisión acuática Hoover Pacífico, Fermín Aguado y Felipe Gottardi, que se especializa en pases filtrados “como por cañería nueva”.

Y arriba, el tridente anfibio: Arapey Meneses, Daymán Carrera y Yacuy Segovia, delanteros capaces de convertir goles incluso con pelota mojada, cancha mojada o relatores mojados.

La camiseta, celeste-negra-verde, ya se transformó en pieza de culto. De hecho, una vez un hincha la lavó y salió lloviznando. En el pasado, dicen que la camiseta fue azul mar y que en lugar de Atlético, era Fútbol Club, pero, El Aguazo, es El Aguazo, antes y ahora.

LA CAMPAÑA DEL AÑO, AGUAS TURBULENTAS, CHAPUZONES GLORIOSOS

Esta temporada fue épica. El Aguazo arrancó perdiendo 5 a 0 contra el Club Deportivo Los Secos, pero el técnico argumentó que era “una derrota estratégica, para compactar la confianza”.

La fecha siguiente, El Aguazo ganó por goleada… porque Los Secos no se presentaron tras una humedad sorpresiva que les oxidó los botines.

El resto del campeonato fue un vaivén, o mejor dicho, una creciente, empates heroicos, remontadas que parecían mareas y un par de partidos suspendidos por exceso de carcajadas en la tribuna.

El Aguazo se convirtió en el primer cuadro de Humorlandia en obligar al árbitro a detener un encuentro porque los jueces de línea no podían ver de tanto llorar… pero de risa.

LOS CRACKS DE AYER SE JUNTARON EN LA CANTINA DEL CLUB

La cantina de El Aguazo estaba espesa de humo, vino en damajuana y recuerdos inflados como pelota mojada. Los viejos cracks ocupaban la mesa larga, esa que siempre cojeaba de una pata, como Babita Soria después del famoso clásico del 78, cuando —según él— jugó todo el segundo tiempo con el tobillo dado vuelta “mirando pa’ la tribuna”.

El Gotita Asencio, que transpiraba sentado, contaba que una vez metió un gol de mitad de cancha “con viento en contra y barro hasta las rodillas”. Los gurises lo miraban con ojos grandes, aunque alguno ya sonreía, porque el arco de aquella época, según otro testigo, estaba a treinta metros más cerca.

—Ese día el juez era miope —interrumpió el Saliva Gómez, escupiendo precisión quirúrgica en una botella vacía—. No veía ni los goles ni las patadas.

Y ahí arrancaron con las patadas. Tema serio. Tema sagrado.

Chapoteo González juraba que sabía pegar sin que doliera… pero dolía.
—Era un arte —decía—. Te tocaba, pero te dejaba pensando en tu infancia.

El Hielo Ayala, defensor de mirada fría y piernas criminales, recordaba que una vez dejó a un puntero tan quieto que lo usaron de banderín en el córner.
—Ni falta cobró el juez. Me dijo después: “No lo vi”. Y yo tampoco lo vi más al puntero ese… se fue a la bocha.

El Gotera Fernández, que siempre jugó con la nariz rota, afirmaba que jamás pegó una patada, pero acto seguido confesó que una vez “le acomodó la canillera a uno por dentro del pantalón”.

Babita Soria era el más filosófico. Con la copa en alto sentenció:
—Antes el fútbol era de hombres. El barro te enseñaba a frenar, la patada a pensar, y el juez a rezar.

Los jóvenes escuchaban en silencio, como si estuvieran ante una clase magistral de historia no autorizada del fútbol. Alguno preguntó por los goles.

—¿Goles? —se rió el Gotita—. Metíamos pocos, pero los gritábamos una semana.

Y contaron aquel empate glorioso 1 a 1 contra el poderoso San Remo, cuando El Saliva Gómez hizo un gol de cabeza sin saltar, porque “el defensor se agachó por respeto”.

La noche avanzó, las historias crecieron, las patadas fueron cada vez más invisibles y los goles cada vez más lejanos. Afuera, el Aguazo actual se preparaba para un partido clave. Adentro, los cracks de ayer ya lo habían ganado todos.

Antes de irse, El Hielo Ayala dejó la frase final, mirando a los gurises.
—Jueguen con el corazón… y si pueden, con el juez de espaldas.

Y la cantina quedó en silencio, salvo por una risa vieja, lenta y feliz, como una pelota rodando sin apuro hacia el recuerdo.

EL CLÁSICO DEL SIGLO… SEGÚN LOS VIEJOS DEL AGUAZO

Cuando se reinició la conversación con los veteranos, a esta super héroes de las actuales generaciones…

—Ese clásico no se jugó… se sobrevivió —arrancó Babita Soria, acomodándose la boina como si fuera capitán otra vez.

Fue contra el Atlético La Cañada, eterno rival, enemigos naturales desde antes que existiera el offside. El partido se jugó un domingo de calor pegajoso, con la cancha marcada a cal y fe, y la pelota más dura que promesa de político.

El juez llegó tarde. Mal augurio. Cuando apareció, ya se habían insultado las dos hinchadas, se habían empujado los suplentes y Chapoteo González llevaba dos advertencias… sin haber entrado.

A los cinco minutos, El Hielo Ayala dejó su tarjeta de presentación: una barrida quirúrgica que sacó pelota, barro y futuro. El puntero rival quedó mirando el cielo.

—Siga, siga —gritó el juez—, fue roce.

Roce le decían antes.

El primer gol lo hizo el Aguazo. Centro pasado, rebote raro y el Saliva Gómez la empujó con la panza.
—Gol técnico —aclaró—. Usé superficie amplia.

Ahí empezó el escándalo fino.

Atlético La Cañada empató con un gol claramente en offside. Clarísimo. Tan claro que el línea levantó el banderín… pero el viento lo bajó.
El juez dudó. Miró al línea. Miró al banco. Miró al cielo.
—Siga nomás —dijo—, que el fútbol es interpretación.

EL SEGUNDO TIEMPO UNA OBRA DE TEATRO

Babita Soria simuló una falta tan bien hecha que el defensor rival pidió perdón. Penal. Gol del Aguazo.
—Actué por el equipo —dijo después—. Yo ya estaba retirado del teatro, pero volví.

Minuto ochenta y siete. Gana el Aguazo 2 a 1. La Cañada ataca. El Gotera Fernández corta una jugada con una patada tan invisible que ni él la sintió. El rival cayó tres segundos después, por las dudas.

El juez cobró falta.
—¿Dónde? —preguntó todo el Aguazo.
—Acá —dijo el juez, señalando más o menos.

Tiro libre. Centro. Cabeceó uno. Gol.
Empate.

Silencio. Protestas. Amenazas filosóficas.

En la última jugada, córner para El Aguazo. Chapoteo González se agarró del alambrado para saltar más alto. Cabeceó con los ojos cerrados. Gol.

El juez miró el reloj. No tenía reloj.
—Termina —gritó—, antes que esto se complique.

Escándalo. Corridas. El banco de La Cañada reclamando justicia. El Aguazo festejando con discreción provocadora.

Dicen que el formulario del partido se escribió dos días después, en la misma cantina, con vino arriba de la mesa y memoria selectiva. El resultado oficial fue 2 a 2.

—Pero todos sabemos cómo fue —cerró El Hielo Ayala—. Ellos empataron en los papeles… nosotros ganamos en la vida.

Los gurises aplaudieron. Afuera, el clásico de mañana parecía chico.
Adentro, El Aguazo ya había vuelto a salir campeón… aunque nunca lo fue.

EL FINAL DE UNA HISTORIA, MEDALLA AL MERITO HÍDRICO Y UNA PROMESA

Volviendo al presente. En la jornada final, El Aguazo se jugaba todo. El rival: Deportivo Barranca Arriba. El clima amenazante, con probabilidades del 70% de chistes húmedos. El partido terminó 3 a 3, pero la organización le otorgó el trofeo al equipo “que mejor contribuyó al desborde colectivo”, categoría inventada esa misma mañana.

La hinchada festejó como si fuera un diluvio alegre. Los jugadores dieron la vuelta olímpica salpicando al público con botellitas de agua mineral baja en sodio, como corresponde a un club responsable.

Así, entre bromas, gambetas y chaparrones emotivos, el Club Atlético El Aguazo cerró una temporada inolvidable. Dicen que para el año que viene preparan una pretemporada acuática en El Corredor de los Arroyos —una idea del preparador físico, que asegura que correr contra la corriente “fortalece el humor”.

Sea como sea, en Humorlandia ya lo saben, cuando El Aguazo entra a la cancha…

nadie sale seco, pero todos salen felices.

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