Cuando el hombre grandote golpeó la mesa del largo mostrador de la añeja repartición pública al grito de !muevan la yegua, che!, provocó aplausos en los usuarios en espera, pero no inmutó para nada a quienes iba dirigido, a los detrás del mostrador.
– ¡Es el folclore nacional! Esa mística del «vuelva mañana» que es casi un patrimonio cultural, manga de zánganos.- Dijo otro de los usuarios, envalentonado, claro que su talla era la mitad de la del gringo del campo….
LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD…DEL TRÁMITE
Eran las 10:15 de la mañana en la «Dirección General de Asuntos de lo Inexistente». El aire estaba pesado, no por el trabajo, sino por el aroma a café y bizcochos de grasa que inundaba el recinto.
En el fondo, los Tres Mosqueteros de la Compu le daban duro a las teclas. No redactaban expedientes; estaban en una competencia feroz de Solitario nivel experto. Mientras tanto, la Santísima Trinidad del Café discutía acaloradamente si Peñaro había merecido ganar en Colombia y Nacional derrotar al Coquimbo chileno, mientras la cafetera suspiraba cansada.

Cerca de la ventana, el Comando de la Cocina (otros tres entusiastas) analizaba si ponerle o no dulce de leche a la torta frita era una violación a los derechos humanos, mientras el décimo integrante de la oficina, «El Coco”, mantenía la mirada fija en su celular. No pestañeaba. Estaba en una misión crítica, revisando el TikTok que estaba bien salpicadito de temas, para reír y pensar y salteándose los de la guerra, que esos lo hacían temblar.
De repente, entró un ciudadano. Un valiente. Un optimista.
—Buen día… ¿para renovar el permiso de circulación de carretillas? —preguntó con voz temblorosa.
El Coco no levantó la vista del celular, pero con un movimiento de dedo digno de un ninja, señaló hacia un mostrador vacío.
—El que sabe de eso está de licencia por estrés —dijo uno de los que tomaba café, sin dejar de mirar la espuma.
—¿Y el suplente? —insistió el ciudadano.
—Ese es el que está mirando el celular —respondió uno de los de la cocina, asomando la cabeza—. Pero ahora está en su hora de «desconexión digital preventiva». Vuelva el martes, pero no muy temprano porque tenemos asamblea por la reducción de la jornada a 15 minutos semanales. Queremos ganar lo mismo, pero en unidades indexadas y con plus por desgaste de silla.
El hombre salió a la calle, mareado. Pasó por una obra de bacheo municipal en la esquina. La escena era cinematográfica: un muchacho joven, sudando la gota gorda, hundía la pala en el asfalto con una energía heroica. A su alrededor, diez veteranos con chalecos refractarios lo observaban con una profundidad filosófica envidiable.
Uno de los diez se le acercó al joven y le apoyó una mano en el hombro:
—Pará un poco, gurí. Estás paleando muy rápido y vas a marear a los que miran. Si terminamos hoy, ¿qué vamos a contemplar mañana? La burocracia, m’hijo, no es una carrera de velocidad… es un arte de resistencia.
El joven soltó la pala y los once se fueron, al unísono, a ver si ya había abierto la panadería.
EL GRAN PARO DEL “CLAVO OXIDADO”
La tensión en la oficina se podía cortar con un escarbadientes. El gremio había declarado «Asamblea Permanente en Estado de Reposo». ¿El motivo? Se había roto el microondas de la cocina y el sindicato exigía que, hasta que no se comprara uno con función de «gratinado láser», el personal solo atendería consultas de personas que se llamaran «Washington» o «Luz del Alba».
—¡Es una medida de fuerza! —exclamó uno de los Tres de la Cocina, mientras sostenía un alfajor de maicena como si fuera una pancarta—. ¡No podemos procesar expedientes con el café tibio! ¡Es una tortura medieval!
En ese momento, entra el mismo ciudadano de la otra vez, con más ojeras y un fajo de papeles que parecían el Testamento de Artigas.
—Buenas… vengo por lo de la carretilla… —balbuceó.
El Coco, que seguía con el celular pegado a la mano (dicen que ya se le estaba fusionando con el pulgar), ni lo miró. Pero esta vez, los Tres del Café estaban haciendo un «piquete de cucharitas».
—Imposible, buen hombre —dijo el líder del café—. Estamos en paro de lapiceras caídas. Solo estamos firmando autógrafos de 11:58 a 12:00, y solo si trae bizcochos de queso. Los de dulce de leche son considerados «soborno de baja caloría» y los rechazamos por principio ético.
Mientras tanto, afuera, en la obra del bacheo, la situación era todavía más surrealista. El joven de la pala, el que trabajaba, ya no estaba. En su lugar, habían puesto un maniquí con chaleco refractario sosteniendo la herramienta.
Los diez veteranos que antes miraban, ahora estaban sentados en círculo alrededor del maniquí, evaluando su «rendimiento estético».
—Vea, capataz —dijo uno, rascándose la nuca—, el maniquí este trabaja demasiado. No parpadea, no pide licencia por «estrés de bache», y lo peor de todo: ¡no toma mate! Nos está dejando mal parados frente a la opinión pública. Exigimos que se le reduzca la jornada a 2 horas de exposición al sol y que se le asigne un suplente para que lo mire a él.
El ciudadano, derrotado, se sentó en el cordón de la vereda. Un funcionario salió de la oficina, lo miró con lástima y le dijo:
—No se ponga así, hombre. Mire el lado positivo: estamos redactando un proyecto de ley para que el «vuelva mañana» sea feriado nacional. Así, por lo menos, ese día ya sabe de entrada que no tiene que venir.
—¿Y cuándo se vota eso? —preguntó el hombre con un hilo de esperanza.
—¡Ah, no sé! —respondió el empleado mientras consultaba su reloj—. Los que votan están en el quincho de la oficina discutiendo si el asado se hace con leña de monte o de cajón. Eso lleva, mínimo, tres meses de deliberación parlamentaria.
EL VEREDICTO DE LAS BRASAS Y EL TRÁMITE DEL AIRE
Mientras el ciudadano esperaba en el cordón de la vereda, dentro del quincho de la oficina se desarrollaba la «Cumbre de Alta Gastronomía Sindical». El humo de la leña de monte (ganó por mayoría simple frente a la de cajón, tras cuatro horas de debate) salía por la chimenea como si estuvieran eligiendo a un Papa, pero en versión uruguaya: el «Humo del Choripán».

—¡Moción de orden! —gritó uno de los Tres de la Cocina, blandiendo un tenedor parrillero—. El vacío no se corta hasta que no se defina el «Impuesto al Aire de Ventanilla».
Resulta que, para financiar la reducción de la jornada a 10 minutos diarios, habían inventado el trámite más ridículo de la historia: el «Certificado de Existencia Atmosférica para Usuarios Presenciales». Básicamente, si querías entrar a la oficina, tenías que demostrar que estabas respirando, y para eso necesitabas un sello que solo te daban… dentro de la oficina.
El ciudadano, desesperado por su permiso de carretilla, logró filtrarse por una ventana del quincho.
—¡Por favor! —suplicó—. Pago el impuesto al aire, traigo la leña de espinillo, ¡lo que quieran! Pero fírmenme el papel.
El Coco, que finalmente había soltado el celular (solo porque se le terminó la batería), lo miró con una profundidad filosófica:
—Vea, señor… usted padece de «ansiedad burocrática crónica». Eso es un pecado capital acá. Para el sello del aire, necesita el Formulario 404: Declaración Jurada de No Tener Prisa.
—¿Y dónde consigo ese formulario? —preguntó el hombre al borde del colapso.
—Ese lo tiene el «Perro de la Cuadrilla» —dijo el líder del asado, señalando hacia la obra de la calle.
El hombre corrió hacia el bacheo. Allí, los diez veteranos habían abandonado al maniquí y ahora rodeaban a un perro callejero que dormía plácidamente a la sombra de un camión municipal.
—¿El perro tiene el formulario? —preguntó el ciudadano, incrédulo.
—No es un perro cualquiera —explicó uno de los de la cuadrilla, sin levantarse de su silla de playa—. Es el «Inspector Canino de Tiempos Muertos». Si él se despierta y le menea la cola, significa que el sistema está caído y no se puede trabajar. Si sigue durmiendo, es que estamos en «pausa técnica». En ambos casos, usted tiene que…
—…ya sé, vuelva mañana —completó el ciudadano, ya con resignación de sabio.

—¡Exacto! —exclamaron los diez al unísono—. ¡Está aprendiendo! Venga mañana a las 11:45, que es cuando abrimos el sobre de los bizcochos, que por otra parte es cuando llega el Negro Cholo, el Jefe Itinerante…
El hombre se fue caminando lentamente, silbando un tango. Había entendido la gran verdad: en la Dirección de Asuntos Inexistentes, el único que trabaja de verdad es el destino… y ese no tiene horario de oficina.
Mientras tanto, en el quincho, se escuchó un grito de júbilo:
—¡Se aprobó la ley! ¡A partir de ahora, los lunes se consideran «domingos de pre-calentamiento» y no se cuenta el tiempo que tardamos en aprontar el mate!





