Estafas telefónicas que simulan ser de Prex vuelven a afectar a usuarios: compartir códigos de verificación permite a delincuentes tomar cuentas, pedir préstamos y vaciar fondos.
La historia que te voy a contar es real, le pasó a un cliente mío y podría pasarte a vos, a mí o a cualquiera que use una tarjeta y confíe en un llamado o mensaje que parece oficial. Un día recibe una llamada por WhatsApp que “pone” ser de Prex, esa tarjeta tan popular hoy. La foto del perfil tiene el logo bien puesto, la conversación se ve legítima y hasta te contestan rápido. Te piden que les pases un código que te llegó por mensaje, y ahí empieza el problema.
No es un código cualquiera: es la llave para entrar a tu cuenta. Él, confiado, lo comparte y en segundos el estafador toma control de la cuenta, cambia la clave y pide un préstamo que rápidamente transfieren a otro lado. Mientras tanto, le llegan mails avisándole que cambiaron su contraseña, pero él no los ve porque sigue en la llamada, sin entender del todo lo que está pasando. La rapidez con la que hacen esto es apabullante, y la sensación que queda es un sabor amargo: uno se siente tonto, vulnerable y totalmente perdido.
Lo peor es que este caso se repite cada día: llamadas, mensajes, engaños que no paran. Los estafadores parecen máquinas perfectas, mientras quienes caen en la trampa no siempre saben cómo reaccionar ni dónde recurrir. No es una cuestión solo de tecnología ni de leyes; es un problema de información, de cultura, de que la gente aprenda a no entregar su confianza tan rápido.
Hay que entender que la responsabilidad empieza en nosotros. No se trata de no usar la tecnología, sino de ser conscientes de que no todos los mensajes ni llamadas son lo que parecen. Un click, un código, un gesto apresurado puede significar perder años de esfuerzo y dinero.
Como abogados, nuestro trabajo no es solo defender en los tribunales, sino también alertar, educar y acompañar, para que la gente no sea siempre la presa fácil de estas trampas.
Y para cerrar con algo irónico: vivimos en un mundo hiperconectado, pero cuando llegan estas estafas, seguimos actuando como si estuviéramos en los ’90, confiando en cualquier llamado, abriendo puertas sin mirar quién toca. Mientras no tomemos conciencia, la justicia seguirá corriendo detrás de los delincuentes, y nosotros, lamentándonos de un tango bailado al ritmo equivocado.
Hasta la próxima semana.




